CARTAS POLÍTICAS

La casa grande de América Latina

Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Imagen: La Razón de México

Por momentos, la Ciudad de México deja de parecer capital de un país y se vuelve capital emocional de un continente.

No porque sustituya a Bogotá, Caracas, Sao Paulo, Buenos Aires, Santiago, Lima o La Habana, sino porque en sus calles todas esas ciudades encuentran un lugar. La capital mexicana siempre ha sido refugio, puerto de llegada, laboratorio político y escenario cultural. Hoy, por la coyuntura regional, por las crisis migratorias, por el auge creativo y por el magnetismo global que hoy tiene la ciudad, esa vocación latinoamericana se ve con una claridad difícil de ignorar.

La CDMX está hecha de mosaicos. Es chilanga, indígena, mestiza, popular, cosmopolita, barrial y global. En ella caben el puesto de tamales, los locales de tortas ahogadas, las carnitas michoacanas, las barras de mariscos sinaloenses. Caben los bares de tapas, los fast-food, los bistrots, los izakaya o las trattorias. También cabe la fonda colombiana, el asado argentino, la arepera venezolana, la cumbia sonidera, el reguetón caribeño, el rock alternativo y la salsa que se baila en una esquina cualquiera. La diversidad aquí es cotidiana, no es una ideología, no es un cliché. La CDMX es un monstruo que recibe a los extranjeros y los incorpora a su ritmo, a su argot, a sus contradicciones y a su manera de vivirse incluso en medio de la tristeza y las crisis.

Lo vimos hace unas semanas con Rawayana. La agrupación venezolana llegó al Palacio de los Deportes y convirtió la noche en algo más que un concierto. Fue una fiesta latinoamericana con acento venezolano: camisetas de la Vinotinto, referencias al beisbol, banderas, nostalgia, baile y una mezcla espontánea con México. Había alegría, pero también una herida. Para muchos —muchísimos— venezolanos, cantar en la Ciudad de México junto con su banda favorita fue reconstruir un par de horas, una patria dispersa. La salida de Nicolás Maduro del centro del poder no ha borrado automáticamente el dolor ni ha garantizado una transición plena. La diáspora lo sabe: a pesar de su captura, el dolor de las últimas décadas sigue. El concierto de Rawayana fue fiesta, fue refugio, fue orgullo, duelo y alivio. Reunió a miles de latinoamericanos, de muchos países, a vivir una fiesta y acompañar la diáspora venezolana.

También lo vimos con Colombia. La marea amarilla, como se conoce a las decenas de miles de aficionados colombianos, tomaron restaurantes, calles, el Ángel de la Independencia y el Estadio Azteca. Carlos Vives apareció como si la previa mundialista fuera una verbena caribeña; las camisetas amarillas convirtieron a la ciudad en una extensión de Barranquilla, Medellín, Cali o Bogotá. Lo notable no fue sólo la cantidad de aficionados, sino la naturalidad con la que México los recibió. La Ciudad de México no es ajena a la fiesta colombiana, la potencia. Entre México y Colombia hay un idioma emocional compartido: futbol, música, comida, ruido, familia, orgullo y empatía.

Lo mismo ocurre en la industria creativa. Músicos venezolanos, colombianos, argentinos, chilenos, peruanos y centroamericanos han convertido a la Ciudad de México en base de operación. Aquí encuentran audiencias grandes, disqueras, productoras, venues, plataformas, prensa, festivales, colaboraciones y una escena que permite probar, fallar y crecer. Banda de Turistas, Los Bunkers, Mon Laferte, Esteman, Daniella Spalla y más artistas no pasan por la ciudad: se quedan, graban, producen, se conectan y desde aquí proyectan carrera hacia América Latina, Estados Unidos y Europa.

Claro que hay tensiones. La discusión sobre la gentrificación es real, especialmente frente a la llegada de estadounidenses y europeos con ingresos que alteran rentas, comercios y equilibrios barriales. También existe cansancio, resistencia y, a veces, poca generosidad y empatía. Reducir la ciudad a esa incomodidad sería injusto. La CDMX es tan grande, tan contradictoria y tan viva, que tiene una capacidad extraordinaria para abrir espacio. Tiene una energía hospitalaria que pocas ciudades conservan.

Ésa es su grandeza. La Ciudad de México no es perfecta ni pretende serlo. Es una ciudad difícil, desigual, saturada y a veces insoportable. Es nuestra casa, una casa grande: una capital donde América Latina se reconoce, se extraña, se reinventa y se encuentra. Una ciudad en la que aún en su incomodidad y sus problemas, nuestros hermanos latinoamericanos se sienten cómodos. Ese hecho genera un enorme orgullo y le suma a la ciudad un importante capital humano que no hace más que hacerla mejor. En tiempos de fronteras cerradas y discursos polarizantes, esa apertura no es poca cosa. Es una forma de esplendor.

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