Tal y como fue concebido, y tal y como opera, el T-MEC, ¿genera entre los empresarios suficiente seguridad y suficiente confianza para invertir directamente, sin las cuales se reduce el potencial de crecimiento de la economía y las oportunidades para un mayor bienestar?
Con los tratados de libre comercio se facilita, para las empresas que producen en los países que forman parte de los mismos, la exportación de sus productos hacia los países miembros del tratado, lo cual incentiva, en cada uno de esos países las inversiones directas: la producción de bienes, la creación de empleos, la generación de ingresos.
Los tratados de libre comercio facilitan el comercio internacional, y, facilitándose importaciones y exportaciones, se incentiva la producción, la creación de empleos, la generación de ingresos y, en última instancia, el bienestar, que es el fin de la economía: que las personas vivan bien, que vivan mejor.
Esteban Villegas y la primera piedra
Los tratados de libre comercio deben garantizar que, lo que ya se ganó en materia de apertura comercial: de eliminación de prohibiciones de importaciones, de permisos previos de importación, de cuotas de importación y de aranceles, se mantenga, sin posibilidades de retrocesos proteccionistas. Los tratados de libre comercio deben ser un firme compromiso, de parte de los gobiernos de los países miembros, con el avance hacia el verdadero libre comercio, no sólo con un comercio internacional menos intervenido, con medidas proteccionistas, por los gobiernos (en la próxima entrega explicaré qué es el verdadero libre comercio y por qué los tratados de libre comercio, comenzando por el T-MEC, dejan mucho que desear).
El T-MEC, ¿garantiza, por lo menos, la permanencia de lo que ya se ha ganado en materia de apertura comercial entre México, Estados Unidos y Canadá, y, por lo más, un avance decidido hacia el verdadero libre comercio? Desde el momento en el que fue negociado con fechas de caducidad (2036 o 2042), y de que existe la posibilidad de renegociarlo hacia posturas más proteccionistas, o de abandonarlo de manera unilateral, la respuesta es no. Y si el T-MEC no lo garantiza, entonces no genera entre los empresarios la seguridad y la confianza suficientes para generar la mayor inversión directa posible y lograr el mayor crecimiento posible de la producción, la mayor creación posible de empleos, la mayor generación posible de ingresos, el mayor bienestar posible para la mayor cantidad posible de personas.
La manera en la que fue negociado el T-MEC, y la forma en la que opera, muestra una clara desconfianza hacia el verdadero libre comercio, algo éticamente injusto (porque viola, en lo referente a las relaciones comerciales entre mexicanos, estadounidenses y canadienses, el derecho al ejercicio de la libertad individual y al uso de la propiedad privada), y económicamente ineficaz (porque impide, en los tres países, minimizar lo más posible la escasez y maximizar lo más posible el bienestar).
El T-MEC, tal y como sucede con todos los tratados de “libre comercio”, ha dado como resultado un comercio entre mexicanos, estadounidenses y canadienses menos intervenido por los gobiernos canadiense, estadounidense y mexicano, pero intervenido al final de cuentas (malo), y con la posibilidad de una mayor intervención (peor).
Continuará.

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