LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Pertenezco, luego existo

Valeria Villa<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

El fenómeno de la afición mundialista despierta muchas preguntas. Ver escenas del Paseo de la Reforma o de la Minerva retacados de fanáticos que portan la camiseta de la Selección Nacional y abarrotan las calles para festejar todos los triunfos, desde el primero hasta el más reciente, será siempre un hecho colectivo interesante y un poco enigmático.

Para empezar, se juega la ilusión de pertenencia, la sensación de formar parte de algo más grande que uno mismo a través del futbol. Aparece una comunidad simbólica de gran intensidad emocional. En Los once de la tribu, Juan Villoro escribe que “el jugador representa a los nuestros: cuando los héroes numerados saltan a la cancha, lo que está en juego ya no es un deporte. Los elegidos saludan a su gente. Sólo entonces se comprende la fascinación atávica del futbol. Son los nuestros”. En el mismo libro, el autor cita al etólogo Desmond Morris, quien afirmó que el futbol se trata de la ceremonia más importante del siglo XX, una guerra sin sangre, la forma de expresar lo que aún tenemos de tribu.

Cuando un aficionado dice ganamos o perdimos, expresa una identificación que trasciende su individualidad. En Psicología de las masas y análisis del yo, Sigmund Freud afirma que la esencia del alma colectiva consiste en lazos libidinales que unen a sus miembros.

El equipo se convierte en el objeto común de amor y de ahí se desprende un vínculo. En vez del cartesiano pienso, luego existo, aparece el mundialista pertenezco, luego soy.

Durante algunas semanas, en lugar de sólo pertenecer al país de las fosas clandestinas, pertenecemos al país anfitrión del Mundial, a una afición entregada y alegre que festeja con desenfreno. Tal vez se aprovecha el presente al máximo, porque en el fondo sabemos que es improbable que haya oportunidades futuras de triunfo.

Puede ser que la identidad mexicana esté muy ligada a la derrota, pero los muy escasos resultados de la Selección Nacional parecen no afectar la entrega incondicional de la afición.

En el libro Sonido local, Rafael Pérez Gay escribe que hablar de futbol es hablar de memoria familiar y de una construcción afectiva de la identidad. La pertenencia surge a partir de los vínculos heredados con el padre, el barrio, los amigos, el estadio.

El escritor Juan Villoro agrega que el autoengaño es necesario para apoyar a equipos que siempre pierden, que muchas veces suelen ser los equipos de la infancia. No se puede cambiar de equipo. Sería como querer cambiar de infancia, ser otro niño, dice.

Por otro lado, debe incluirse en este intento de explicación la vocación a la fiesta, al relajo como lo llamaba el filósofo Jorge Portilla en Fenomenología del relajo.

El relajo es una serie de comportamientos que suspenden la seriedad gracias a un pretexto. Se trata de reunirse para desplegar la alegría de estar juntos. El relajo es una pausa de la rutina, del aburrimiento, de lo repetitivo de la vida. Un paréntesis para el desorden, la fiesta, la burla, la risa. Aparece como una forma de liberación, pero también de evasión: una negativa a responder a las exigencias que el mundo presenta.

El relajo necesita de otros que participen o celebren, se rían o se burlen, por eso es un fenómeno social, basado en la complicidad. Portilla no lo condena, lo que critica es la actitud permanente de ironía o de indiferencia que impide comprometerse con cualquier causa, proyecto o ideal.

En sociedades marcadas por el individualismo y la fragmentación, el futbol ofrece una experiencia masiva donde es posible sentir, durante noventa minutos, lo que significa la emoción del pronombre nosotros.

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