América Latina está entrando en un nuevo momento político. El avance de las derechas conviene leerse con interés, sin euforia ni exabruptos.
Detrás de los resultados recientes hay sociedades cansadas del desorden, de la inseguridad y de la distancia entre las promesas y los resultados. El voto regional parece estar girando otra vez hacia la derecha. ¿Por qué?
En Colombia, Gustavo Petro llegó al poder el 7 de agosto de 2022 como una ruptura histórica. Exguerrillero del M-19, exalcalde de Bogotá y primer presidente de izquierda en el país, representó la posibilidad de cerrar un ciclo marcado por el uribismo, la guerra interna y la exclusión de la izquierda del poder nacional. Su proyecto prometía reformas sociales, transición energética y paz total.

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La presidencia lo enfrentó con otra realidad. Petro abrió demasiados frentes al mismo tiempo: salud, pensiones, trabajo, petróleo, paz, política exterior. Algunas reformas avanzaron, otras se atoraron y varias quedaron consumidas por la polarización. También pesaron los frenos y contrapesos colombianos: Congreso, cortes, organismos de control y reglas fiscales limitaron sus intentos de acelerar la transformación desde el Ejecutivo. Esto sin tomar en cuenta su estilo histriónico de gobernar y conducirse.
La campaña presidencial ocurrió sobre ese desgaste. El asesinato de Miguel Uribe Turbay, precandidato de la derecha, devolvió a Colombia a sus fantasmas de violencia política. En la primera vuelta compitieron, entre otros, De la Espriella, Iván Cepeda, Paloma Valencia, Sergio Fajardo y Claudia López. El resultado concentró la elección: De la Espriella obtuvo 43.7%; Cepeda, 40.9%; Valencia, 6.9%; Fajardo, 4.3%, y López, 1%. La segunda vuelta quedó como un pleito entre continuidad progresista y derecha de orden.
El triunfo preliminar de De la Espriella pesa por el margen y por el mensaje. Con 99.8% de mesas contadas, alcanzó 49.65%, frente a 48.71% de Cepeda, menos de 250 mil votos de diferencia. Llega con un Congreso fragmentado y sin mayoría propia. Promete restaurar autoridad, reducir el Estado, acercarse a Estados Unidos y combatir al crimen. Una mezcla entre Bukele y Milei.
Perú confirma el mismo fenómeno desde otro lugar. Ahí la crisis viene de una década de presidentes débiles, congresos fragmentados y dominantes, y una desconfianza extrema: Boluarte salió del poder con aprobación de entre 2% y 4%, y el Congreso rozó mínimos similares. Pedro Castillo llegó como una promesa popular y terminó destituido tras intentar romper el orden constitucional. Dina Boluarte heredó la presidencia por sucesión, pero nunca la legitimidad: rompió con su base política, se sostuvo en el Congreso y enfrentó protestas reprimidas con saldos mortales. Perú acumuló ocho presidentes en una década.
En ese contexto vuelve Keiko Fujimori. Su apellido representa muchas cosas: el orden autoritario de Alberto Fujimori, la derrota de Sendero Luminoso, el neoliberalismo de los noventa, pero también corrupción, violaciones a derechos humanos y concentración del poder. Keiko llega después de tres derrotas presidenciales previas. Hoy se beneficia de una pregunta brutal: ¿qué prefiere la gente cuando todo parece fallar, una promesa incierta o una autoridad conocida?
El patrón se repite en la región. La derecha gana donde logra presentarse como respuesta al caos. Argentina, Ecuador, Chile, Bolivia, Panamá, Colombia y probablemente Perú expresan una misma pulsión: menos paciencia con los proyectos de izquierda y los experimentos por acabar con la desigualdad, la informalidad y la exclusión y una urgencia por la estabilidad, el rumbo conocido, las políticas experimentadas. Seguridad, precios, empleo, migración y crimen pesan más que los grandes relatos de transformación.
Por eso están volviendo las derechas. Carlo Bravo Regidor ha dicho y es una posible explicación a lo que está ocurrendo, que en este mundo en donde el miedo, las crisis, las guerras se han vuelto comunes, el futuro dejó de sentirse como promesa y empezó a sentirse como una amenaza. Cuando el futuro asusta, el electorado busca diques antes que utopías; busca contener el deterioro antes que imaginar un país nuevo.
Para Sheinbaum, esta coyuntura importa. La presión sobre México podría aumentar si gobiernos dentro de América Latina también presionados por Washington ceden mucho más que el Gobierno mexicano en temas como seguridad, migración, energía y crimen organizado.
Lo que sigue es Brasil. Si Lula resiste en octubre, la izquierda conservará un contrapeso regional enorme. Si pierde, el giro dejará de ser una tendencia y se volverá mapa. La derecha latinoamericana tendrá entonces su verdadero examen: demostrar si puede gobernar mejor que la izquierda que derrotó, o si sólo puede ganar elecciones sobre el cansancio de la gente.

Regreso a los 90 con Jordi Soler

