Jugar al fútbol es muy sencillo,
pero jugar un fútbol sencillo es lo más difícil que hay.
Johan Cruyff

• Feliz en el Mundial… ¿y la alcaldía?
Si el Mundial de futbol fuera una novela de ficción, sería una obra extraordinaria: una historia llena de giros inesperados, desenlaces imprevisibles, personajes únicos, escenarios surrealistas y una diversidad de lenguas y culturas que le confieren la personalidad de un universo múltiple. En un mismo día, uno puede presenciar una final cargada de tensión en Estados Unidos entre Alemania y Paraguay y, horas después, contemplar a la Sultana del Norte vestida de fiesta para el encuentro entre Holanda y Marruecos. Se pasa así de los ultras europeos a los aficionados árabes y bereberes, de los apasionados norteños a los siempre hospitalarios canadienses. El Mundial es, quizá como ningún otro acontecimiento, la celebración de la diversidad humana. Pero una de las mayores sorpresas de este realismo mágico futbolístico ha sido comprobar que selecciones que, según las estadísticas y los pronósticos, parecían condenadas al fracaso, han protagonizado victorias memorables e inolvidables. Sin embargo, buena parte de los análisis insiste en explicar estos resultados como consecuencia del mal desempeño de las grandes potencias. Se afirma que Alemania perdió por la baja calidad de sus jugadores o que Brasil sufrió porque ya no posee el nivel de antaño. Pocos, en cambio, se atreven a reconocer la explicación más sencilla y, probablemente, la más justa: esos equipos ganaron porque jugaron mejor.
Hay un hecho contundente que merece ser reconocido. Lo que estamos presenciando no es, principalmente, la decadencia de las selecciones históricas, sino la evolución de países que durante décadas han invertido con paciencia y seriedad en el desarrollo de su futbol. ¿Por qué cuesta tanto admitirlo? ¿Por qué se les niega el mérito que han conquistado con esfuerzo? ¿Acaso no tienen derecho a disfrutar plenamente de sus victorias? Es injusto e incluso indigno que algunos comentaristas y especialistas deportivos, en lugar de reconocer el crecimiento futbolístico de estas naciones, reduzcan sus triunfos al supuesto fracaso del rival. Se construye así una narrativa que minimiza el trabajo de quienes han recorrido un largo camino para competir de igual a igual. Resulta mucho más honesto —y también más enriquecedor para el deporte— reconocer que el nivel del futbol mundial se ha elevado y que hoy existen más selecciones capaces de desafiar a cualquier potencia.
Quizá el verdadero cambio no está ocurriendo únicamente sobre el césped, sino también en la forma en que deberíamos mirar el futbol. Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que las potencias eran invencibles y que cualquier resultado distinto debía explicarse por sus errores. Esa mirada, sin embargo, termina siendo profundamente injusta, porque convierte las victorias de los demás en simples accidentes.
El Mundial nos recuerda que el talento no pertenece a un puñado de países y que la excelencia también se construye con paciencia, inversión, trabajo y convicción. Tal vez la mayor lección que deja este torneo sea que el fútbol mundial, por fin, ha comenzado a parecerse al mundo mismo: más diverso, más competitivo y mucho más impredecible. Como pocas veces en la historia, estamos asistiendo a la fiesta de lo inesperado: una sucesión de triunfos que parecían imposibles y que irrumpen con la fuerza de un disparo imposible de detener. Quizá esa sea, precisamente, la mayor belleza del Mundial: recordarnos que el futbol, como las mejores novelas, siempre encuentra la manera de sorprendernos.

“Informantes”

