Confieso que fui al Ángel a celebrar uno de los triunfos de la Selección Mexicana. Más bien, acompañé temeroso a un adolescente que insistía en ir. Justo acabando el partido y llegando desde la colonia Roma, el río de gente que fluía hacia Reforma era de clases medias y alta. Ya más tarde, alrededor del monumento, había muchos mexicanos de sectores populares. Quienes desgraciadamente murieron asfixiados fueron un pastor cristiano y una joven estudiante universitaria de Ecatepec.
Los griegos le llamaban hybris a los excesos emocionales. La tragedia humana deriva de que algún rasgo de nuestro carácter (hamartía) se desborde por la hybris. Por ejemplo, a quienes de por sí son imprudentes se les ocurrió, tras el triunfo de nuestro equipo, treparse en puentes y postes de luz o zangolotear autos con todo y conductor adentro. Luego vinieron caídas terribles y arrancones de choferes paniqueados que arrollaron personas.
Todos tenemos rasgos de carácter que, por la hybris, se pueden trasformar en yerros trágicos (Macbeth era ambicioso, Hamlet era indeciso, etc.). Es importante identificarlos a tiempo (anagnórisis), antes de que las peripecias de nuestro “destino” (de nuestro daimón o nahual) nos conduzcan hacia un final terrible. En futuras columnas trataré de identificar los respectivos excesos de la personalidad de políticos oficialistas, de opositores, de la Federación Mexicana de Futbol, de jugadores, etcétera. Es importante porque, por ejemplo, de la hybris de Donald Trump depende la estabilidad del mundo entero.
Pero, por lo pronto, hablemos de la “katharsis” después de la eliminación de México. Aristóteles descubrió que las tragedias teatrales griegas suscitaban temor y compasión en el espectador. Una vez consumado el final trágico, el público había purgado esas emociones, lo que era positivo, pues recuperaba su fortaleza emocional, su tranquilidad. Es algo parecido a los sueños, pues si al dormir soñamos que un ladrón nos amenaza con una pistola, eso nos prepara para controlar nuestros impulsos ante un asalto real.
Durante el Mundial de futbol, sentimos ilusión. Al llegar la derrota ante Inglaterra, logramos soportarlo y se acabó la ansiedad. “Katharsis”. Volvimos a la vida cotidiana, pero, al menos yo, ya no me estoy comiendo las uñas, estoy tranquilo y mejor que antes del campeonato. Renové lazos con amigos con quienes vi los partidos, me enorgullecí de nuestra nueva generación de jugadores, acepté que la vieja Europa hoy tiene sagacidad y logística superiores, en futbol a los latinoamericanos (llámenme eurocéntrico, pero al escribir estas líneas sólo Marruecos y Argentina no han sido eliminados).
Obvio, “el futbol es la más importante de las cosas menos importantes”. ¿De qué tenemos, entonces, que ocuparnos realmente? De los problemas de México, no de las obsesiones producto de la personalidad de cada quien. Por ejemplo, tenemos que consolidar la seguridad pública, no darle gusto a la venganza personal de los políticos que quieren linchar al rival usando de manera oportunista la tragedia de las desapariciones. Tenemos que entrenar, no lanzar vasos de cerveza desde las gradas.
El parto no es ideología
