CARTAS POLÍTICAS

La Copa de Goliat

Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Imagen: La Razón de México

Al escribir esta columna, el Mundial 2026 está por entrar a cuartos de final.

Quedan cuatro campeones del mundo y cuatro selecciones que buscan entrar por primera vez al club de campeones. La esperanza dice que cualquiera puede ganar, pero la historia dice otra cosa.

El Mundial presume ser la competencia más universal del planeta. Sin embargo, su gloria ha pasado por pocas manos. Han pasado 23 ediciones desde Uruguay 1930 y sólo ocho países han sido campeones: cinco europeos y tres sudamericanos.

Los que apreciamos el futbol compramos una idea poderosa: en la cancha, el débil puede derrotar al fuerte. La historia mundialista está llena de partidos en los que David vence a Goliat. El problema es que David puede ganar un partido, pero casi nunca gana la Copa. Han sido tres, y sólo tres, los países que han roto la hegemonía europea. Los tres son latinoamericanos: Uruguay, Brasil y Argentina. Cuando América Latina ha levantado el trofeo, lo ha hecho entre talento, polémica, presión y maña.

Uruguay, la garra charrúa, fue el primer campeón del mundo. En 1930 ganó una final caliente frente a Argentina. La mayor polémica estuvo fuera de la cancha. Luis Monti denunció amenazas contra él y su familia si Argentina ganaba. Veinte años después, en Brasil 1950, Uruguay le dio al anfitrión su “maracanazo”. Brasil se sentía campeón, el estadio estaba listo para la fiesta y hasta el discurso de premiación parecía escrito para los locales. Uruguay ganó contra Brasil, contra el ruido y contra un destino que todos daban por hecho.

Brasil es el campeón del talento, pentacampeón. En Suecia 1958, Pelé debutó con 17 años y Brasil fue campeón. En Chile 1962, con Pelé lesionado, apareció Garrincha para sostener el bicampeonato. En esa copa, Garrincha fue expulsado en semifinales contra Chile y, tras gestiones políticas y deportivas, se hicieron arreglos para que jugara la final. Fue un “perdonazo” mundialista, parecido al que obtuvo Estados Unidos con la intervención de Donald Trump en favor de Balogun. México 1970 consagró al mejor Brasil; pero dejó rumores sobre el “banco de sangre”, supuestos métodos médicos para resistir la altura y el calor que rivales denunciaron aunque nunca probaron. En Estados Unidos 1994, el título de Romario contra Italia cargó con señalamientos sobre ruido y fiestas en el hotel de la selección italiana. En Corea-Japón 2002, Rivaldo fingió un golpe en la cara ante Turquía y provocó una expulsión injusta; después, a Bélgica le anularon un gol de Marc Wilmots que pudo frustrar el rumbo de la verdeamarella.

Argentina es el mayor exponente de la gambeta y la maña. Su primer título, en 1978, llegó en plena dictadura militar. Para acceder a la final necesitaba golear a Perú y ganó 6-0. Desde entonces, ese partido vive rodeado de señalamientos sobre presiones políticas y favores nunca probados judicialmente. Incluso se ha dicho que Jorge Rafael Videla y Henry Kissinger visitaron el vestidor peruano antes del encuentro. En México 1986, Maradona hizo el Gol del Siglo frente a Inglaterra, pero antes metió “la Mano de Dios”: una trampa evidente, validada por el árbitro. En Catar 2022, el título de Messi convivió con el debate por los cinco penales a favor de Argentina. Comparada con 1978 y 1986, la tercera estrella de la albiceleste parece la menos polémica de sus coronas.

Todas estas historias rodean los campeonatos. Explican que no basta con ser talentoso y valiente: también hay que ser canchero, resistente y gambetero. Uruguay y Brasil llevan rato sin rendirle honor a su historia. La Argentina de 2026 carga algo más que el aura del campeón: carga el peso de la polémica y la presión. Hoy, la última Argentina de Messi aparece menos como el David de Maradona derrotando a Inglaterra y más como un Goliat rodeado de sospechas, protegido por algo más que su historia y su camiseta.

Frente a esto está la belleza del futbol: creer contra la evidencia. Pensar que Marruecos puede ganarle a Francia, que México podía tumbar a Inglaterra, que Cabo Verde podía descalabrar a Argentina. El Mundial vive de esa promesa: durante noventa minutos, los débiles pueden mirar de frente a los poderosos; los talentosos pueden ganarle a los mañosos; los honestos pueden ganarle a los tramposos. Aunque la historia insista en que la Copa casi siempre termina en las mismas manos, cada partido abre una rendija de esperanza. Por eso seguimos mirando. Porque frente al peso histórico y polémico de los campeones, el futbol todavía nos permite imaginar que David puede vencer a Goliat.

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