Para el próximo 15 de julio está convocada una reunión por el secretario de Estado, Marco Rubio, en Washington para abordar el tema del resurgimiento del terrorismo político transnacional y las redes violentas de extrema izquierda.
Esto podría marcar un cambio importante en la estrategia de seguridad internacional de Estados Unidos.
Para la cumbre han sido invitados representantes de más de 60 países de América, Europa y Asia, dicen en Washington.
Aunque el Departamento de Estado no ha dado a conocer la lista completa de los países invitados, sí ha confirmado que participarán gobiernos de América Latina, Europa y Asia.
De acuerdo con información obtenida por distintos corresponsales en Washington, México y Brasil fueron invitados de manera especial, debido al peso político que ambos países tienen en la región y a que cuentan con gobiernos identificados con la izquierda.
Lo cierto es que, si bien el pasado 9 de junio del 2026 el canciller de México, Roberto Velasco, sostuvo una conversación con Marco Rubio para abordar temas como el combate al fentanilo, la migración irregular y el T-MEC, no se sabe, por lo menos públicamente, que haya referencias sobre México asistiendo a la reunión internacional sobre terrorismo político.
Hasta el momento de escribir esta columna, el Gobierno de México no ha emitido una postura pública sobre la cumbre convocada por el secretario de Estado, Marco Rubio, ni la Secretaría de Relaciones Exteriores ha informado si México participará en la reunión del 15 de julio en Washington.
La ausencia de una posición oficial resulta relevante, considerando que la administración Trump ha insistido en catalogar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas y ha colocado el combate al crimen organizado transnacional como uno de los ejes de su política exterior.
Oficialmente, el objetivo de la reunión será fortalecer la cooperación internacional frente a organizaciones que recurren a la violencia política mediante asesinatos, secuestros, ataques contra infraestructura crítica, fuerzas del orden, personal militar y población civil.
Para Washington, se trata de una amenaza que, durante años, fue subestimada y que hoy presenta nuevas formas de coordinación y operación internacional.
Detrás de esta convocatoria, pareciera que existe un objetivo mucho más amplio que simplemente discutir el terrorismo.
No es un secreto que la administración de Donald Trump busca redefinir la agenda de seguridad internacional.
Desde los atentados del 11 de septiembre del 2001, la lucha contra el terrorismo estuvo enfocada, casi exclusivamente, en organizaciones islamistas como Al Qaeda y, posteriormente, el Estado Islámico.
Buena parte de la cooperación internacional, los sistemas de inteligencia y los mecanismos multilaterales fueron diseñados para combatir ese tipo de amenazas.
Hoy Estados Unidos considera que las amenazas actuales no provienen únicamente del extremismo religioso, sino también de organizaciones políticas radicales con capacidad para operar de manera transnacional, financiarse internacionalmente y utilizar las redes sociales para reclutar simpatizantes y coordinar acciones violentas.
Varios gobiernos europeos han expresado reservas sobre la convocatoria porque consideran que no existe evidencia suficiente para afirmar que exista una red internacional de terrorismo de extrema izquierda con la dimensión que plantea Washington.
Es una situación muy complicada para el Gobierno de México, porque Trump ha insistido, durante meses, en que los cárteles mexicanos sean catalogados como organizaciones terroristas y ahora, además, han señalado a varios políticos y funcionarios mexicanos de tener relación con esos cárteles.
Si Washington busca clasificar determinados movimientos políticos como amenazas extremistas, es una presión enorme para México.
También está la incógnita sobre cuál será la posición que asumirán México y Brasil frente a países como Cuba, Venezuela y Nicaragua. Si durante la reunión se impulsa una condena regional contra los gobiernos de izquierda o contra organizaciones vinculadas con ellos, difícilmente ambos países respaldarán plenamente esa narrativa.
Mientras tanto, Cuba ya reaccionó a la convocatoria y acusó a Estados Unidos de utilizar esta cumbre como una cortina de humo para impulsar una agenda ideológica bajo el argumento del combate al terrorismo.
Más allá de las diferencias políticas, la reunión del 15 de julio confirma que Washington busca algo mucho más ambicioso que organizar una conferencia internacional.
La administración Trump pretende reconstruir la seguridad internacional desde un plano geopolítico. Ya no se trata únicamente del terrorismo islamista. Ahora la Casa Blanca quiere incorporar el terrorismo político, las organizaciones radicales de izquierda y el crimen organizado transnacional dentro de una misma estrategia global.
La gran incógnita será cuántos países están dispuestos a acompañar esa visión y cuántos consideran que se trata más de una estrategia política de Washington que de una amenaza compartida por la comunidad internacional.
Veremos qué se dice y qué sucede en esta cumbre programada para el próximo 15 de julio, quiénes son los países que acuden y cuál será la postura que se discutirá, no sólo sobre el tema del terrorismo trasnacional, sino también respecto a el futuro de la seguridad internacional en el continente.
Así andamos y andaremos
