Para cruzar el estrecho de Ormuz esta semana, algunos barcos apagan la luz, desconectan el transpondedor y confían en la oscuridad para atravesar un corredor que Irán asegura haber minado.
El martes, dos petroleros emiratíes ardieron en aguas de Omán tras ser alcanzados por misiles iraníes; un marinero indio murió a bordo del Mombasa. La Guardia Revolucionaria dijo haber “inutilizado” dos “superpetroleros rebeldes” que ignoraron sus advertencias. Dos relatos incompatibles del mismo humo: un mar donde los hechos se apagan junto con las señales.
La pregunta de los titulares —¿habrá guerra?— llegó tarde. Al 14 de julio, Estados Unidos ha bombardeado objetivos iraníes tres noches seguidas junto a Ormuz; Irán ha golpeado bases en Kuwait, Bahréin, Jordania, Omán y Qatar; y Trump declaró “terminado” el alto al fuego que él mismo firmó hace un mes. La pregunta que ordena los próximos siete días es qué grado de regionalización alcanzará una guerra que ya empezó. Ese es el arco de la semana: hoy podemos imaginar cuatro escenarios con probabilidades que son estimación, no cálculo exacto que van de 40 por ciento a 10 por ciento.
En el extremo más probable, 40 por ciento, está la coerción armada contenida: ataques puntuales respondidos con ataques puntuales, sanciones con licencias de salida ordenada, navegación en modo de riesgo, Brent alto pero sin colapso. El escenario base es que a nadie le conviene aún la campaña masiva, y Omán, Qatar y Arabia Saudita siguen mediando.
Un grado más, 30 por ciento: la escalada limitada. Un impacto más contra un petrolero de terceros, una base golpeada, una instalación portuaria iraní dañada, respuesta estadounidense más intensa. Sube el crudo, se cierra espacio aéreo, crece la presión sobre el Golfo, y el conflicto sigue cabiendo, a duras penas, dentro de Ormuz.
El salto por vigilar, con 20 por ciento, es la escalada regional alta. La mantengo así, con cautela, pero sus mecanismos ya existen. Bastaría que los hutíes amenazaran el Bab el-Mandeb, que Líbano colapsara, o una salva con muchas víctimas. Lo más espectacular no es lo más probable; pero tampoco es descartable con sus piezas ya sobre el tablero.
En el extremo opuesto, con apenas 10 por ciento está la desescalada táctica. Omán y Qatar recomponen un entendimiento operativo, Washington y Teherán aceptan una pausa y regresa el lenguaje de los 60 días. No es imposible, pero hoy las señales militares mandan sobre las diplomáticas.
Hacia dónde se mueva el termómetro no lo dirán los comunicados, ya incompatibles entre sí, sino unas pocas señales observables.
Volvamos al barco que apaga la luz. Esa imagen resume el expediente Irán de esta semana: navegamos a oscuras, entre transpondedores apagados y versiones oficiales excluyentes. El marinero muerto a bordo del Mombasa recuerda que estos grados, al final, se pagan en vidas. Que los barcos crucen otra vez con la señal encendida será la primera prueba de que la fiebre empezó a bajar.
Saramago
