Alguien escribía que el Mundial de futbol es como una caja de Pandora, que destapa nacionalismos y racismos por todos los lados. La derrota de Francia frente a España, un 14 de julio, alebrestó la guerra cultural francesa y los más sombríos diagnósticos sobre la decadencia de esa nación. Cada vez que la opinión pública se llena de tópicos de una grandeza perdida, lo mismo en Rusia o en Argentina, en Estados Unidos o en México, hay en ciernes algún proyecto populista que puede avanzar por la izquierda o por la derecha.
En estos momentos, la fuerza política mejor posicionada para capitalizar ese discurso, en Francia, es la Agrupación o Reagrupamiento Nacional, que encabeza Marine Le Pen, partido heredado del Frente Nacional que lideró su padre, Jean-Marie Le Pen, hasta que, en 2011, en medio de su confrontación con el presidente Nicolas Sarkozy, dimitió. En las últimas elecciones legislativas, en 2024, esa alianza de las nuevas derechas francesas ganó más de diez millones de votos, lo que representó un 37.5% en la segunda vuelta parlamentaria.
El crecimiento de esa fuerza política desde 2017, cuando logró un apoyo paralelo de Donald Trump por un lado y Vladimir Putin por el otro, ha sido imparable. En pocos años ganó un 15% del electorado, cuando poco antes no llegaba ni a 5%, y en fechas recientes se convirtió en la fuerza política más votada de toda Francia.
El más reciente fallo de la justicia francesa sobre la inhabilitación de Le Pen, que le permite a la líder del Reagrupamiento presentarse a las próximas elecciones con un brazalete electrónico, aligera su paso hacia el Elíseo y refuerza una imagen de víctima de lawfare que la beneficia. En los próximos meses veremos, una vez más, a las redes de las derechas más extremistas de un lado y otro del Atlántico movilizarse a favor de la candidatura de Le Pen.
El disparo de salida lo ha dado nada menos que Elon Musk, quien ha batallado como pocos tecnomagnates por que organizaciones de ultraderecha, como Alternativa por Alemania, avancen en Europa. Ahora Musk afirma en su plataforma X que Le Pen es la “última esperanza de Francia”. Última, desde luego, no como la más reciente sino como la única oportunidad de derrotar al centro y a la izquierda y evitar que Francia navegue directo hacia el naufragio.
En su libro La hora de los depredadores (2025), Giuliano da Empoli reconstruye al detalle la campaña de Musk a favor de Alternativa por Alemania en 2024. Luego de haber brindado su apoyo a Jair Bolsonaro en Brasil, a Nayib Bukele en El Salvador y a Javier Milei en Argentina, Musk, involucrado desde entonces en el proyecto de regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, de cuyo gobierno sería funcionario, dijo cosas parecidas sobre esa organización alemana, que defiende la deportación masiva de migrantes, las restricciones de derechos civiles multiculturales, la prohibición del matrimonio entre parejas del mismo sexo y el apoyo irrestricto a Israel en Gaza.
Alice Weidel, la nueva líder de Alternativa por Alemania, es más moderada en algunos puntos del programa originario de esa organización, pero, a la vez, es más radical en términos geopolíticos. Weidel ha propuesto poner fin al apoyo a Ucrania y regresar a la compra de gas natural ruso, con el argumento contradictorio de que su propuesta de giro proteccionista, a favor del Made in Germany, necesita del soporte energético de Rusia.
Musk ha apoyado también al líder rumano Calin Georgescu, que en 2025, gracias a esas redes globales de la ultraderecha, llegó a encabezar la segunda opción política en las elecciones de su país. Como Le Pen y Weidel, y como Trump y Putin, Georgescu era partidario de limitar lo más posible el papel de la OTAN en Europa, volver prioritaria una buena relación con Rusia y abandonar a Ucrania. De librar, como Le Pen, su propia inhabilitación por cargos de enriquecimiento ilícito, Georgescu retomaría su campaña en Bucarest.
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