Argentina llegó a la semifinal contra Inglaterra rodeada de detractores. Su paso por el Mundial ha estado acompañado por polémicas arbitrales, acusaciones de favoritismo, críticas a su manera de competir y el cansancio de quienes llevan años esperando que Lionel Messi y la selección campeona caigan.
Nada de eso importó demasiado en Atlanta. Frente a Inglaterra, Argentina volvió a hacer lo que ha hecho durante todo el torneo: jugar como si cada partido fuera el último.
El encuentro fue salvaje. Inglaterra parecía tener el orden y el físico para imponer condiciones, pero Argentina respondió con presión, patadas, reclamos y una intensidad que fue creciendo con los minutos. Los ingleses se pusieron arriba y, de manera inexplicable, comenzaron a replegarse. Ahí cambió el partido. Los lords quedaron atrapados en un juego de barrio, de rebotes, empujones y centros que pasaban uno tras otro frente a su portería.
Argentina no dejó de apedrear el área inglesa. Enzo Fernández empató desde fuera del área cuando faltaban cinco minutos y Lautaro Martínez consumó la remontada en tiempo de compensación, después de un centro perfecto de Messi. Inglaterra quiso administrar la ventaja y terminó devorada por el ritmo de un rival que nunca aceptó la derrota. El partido tuvo poco de limpio o elegante. Tuvo, en cambio, garra, arrojo, resistencia y un amor por la camiseta que a veces pesa más que cualquier táctica.
Antes del encuentro, Lionel Scaloni había intentado quitarle carga al partido. Dijo que era futbol y nada más. Lo era, hasta que terminó. Durante los festejos, varios jugadores argentinos desplegaron una manta con una frase conocida: “Las Malvinas son argentinas”. En ese momento quedó claro que un Argentina-Inglaterra difícilmente puede quedarse dentro de la cancha. Hay demasiada historia alrededor.
La Guerra de las Malvinas comenzó el 2 de abril de 1982, cuando la dictadura argentina ocupó las islas, administradas por el Reino Unido y reclamadas por Buenos Aires. La junta de Leopoldo Galtieri enfrentaba una crisis económica, política y social. Recuperar las Malvinas buscaba encender el nacionalismo y comprar tiempo para un régimen desgastado. El cálculo salió mal. Thatcher envió una fuerza naval y, después de 74 días, Argentina se rindió.
Murieron 649 militares argentinos, 255 británicos y tres civiles isleños. Para Argentina, la derrota aceleró el derrumbe de la dictadura y abrió el camino para el regreso de la democracia. También dejó una herida profunda que sigue presente en su vida pública. Para el Reino Unido, la victoria fortaleció a Thatcher y recuperó por un tiempo la idea de una potencia capaz de defender sus intereses lejos de casa. Una misma guerra produjo dos consecuencias políticas completamente distintas.
Cuatro años después, Argentina e Inglaterra volvieron a encontrarse en los cuartos de final del Mundial de México 1986. Maradona marcó “la Mano de Dios” y después “el gol del siglo”. Argentina ganó 2-1 y terminó levantando la Copa. Aquel partido no devolvió las vidas perdidas ni cambió el control de las islas. Aun así, para millones de argentinos funcionó como una revancha simbólica frente al país que los había derrotado en la guerra.
El triunfo de esta semana despierta ese sentimiento. Puede parecer artificial, pero se entiende. A México tampoco le son ajenas las heridas territoriales. Perdimos más de la mitad del territorio después de la guerra con Estados Unidos, incluidas California y Nuevo México, mientras Texas ya había sido anexado. Por eso los partidos contra Estados Unidos cargan con algo que rebasa la cancha. Son historias distintas, pero comparten una memoria difícil: la de países que alguna vez se sintieron pequeños frente a potencias capaces de imponer su fuerza.
Scaloni, políticamente correcto, quiso dejar la política fuera de la cancha, pero sus jugadores terminaron colocándola en el centro del festejo. La manta incomodará a quienes piensan, con razón, que el futbol no debe utilizarse para prolongar conflictos. Pero Argentina y su selección tienen mucho de barrio y el barrio no separa la pelota de la historia. Los pueblos encuentran espacios alternos para ajustar cuentas con su pasado, aunque sea por un instante y aunque sepan que el resultado real no cambiará.
Argentina ganó una semifinal contra Inglaterra. La vida está llena de revanchas alternas. El futbol no mueve fronteras ni corrige guerras, pero durante noventa minutos cambia el tamaño de los contendientes. En el terreno del poder, Argentina fue débil frente al Reino Unido. En una cancha, la historia puede ser otra: la de un equipo canchero, talentoso, con maña y arrojo, capaz de impedir que los poderosos ganen en todo.
