Durante casi cuatro décadas, Ismael El Mayo Zambada fue mucho más que un capo; representó la última pieza viva de la generación que transformó el narcotráfico mexicano en una empresa criminal global y que se diversificó hacia lo insospechado. Pero ayer, con una sentencia histórica en suelo estadounidense, llegó al final de su camino.
Construyó su poder sobre una cualidad que terminó convertida en leyenda: sabía permanecer oculto. Tras la caída de Miguel Ángel Félix Gallardo y el Cártel de Guadalajara, El Mayo fue —junto a Joaquín El Chapo Guzmán y Héctor El Güero Palma— uno de los arquitectos de la organización criminal más poderosa y sanguinaria del mundo: el Cártel de Sinaloa.
Mientras unos jefes del narcotráfico aparecían en fotografías, concedían entrevistas, acumulaban extravagancias o desafiaban abiertamente al Estado, El Mayo eligió el silencio, la discreción y las montañas de su natal Sinaloa. Vio caer, morir o ser extraditados a sus socios y adversarios… sobrevivió a todos… hasta la traición de sus ahijados: Los Chapitos.

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Me comentan que al aparecer en los tribunales a sus 76 años a El Mayo se le veía fuerte, que se ha dejado crecer el bigote (como el de los revolucionarios), que se mostraba con aplomo, echado para adelante, quizá por momentos humilde… pero que, sin duda, anticipaba el destino que tendrá para el resto de su vida: que morirá en suelo estadounidense.
Ayer —narra el periodista Jesús García en su crónica publicada en La Opinión de Los Ángeles— El Mayo llegó a la corte del juez federal Brian M. Cogan, en Brooklyn, rengueando, pese a ser media mañana saludo distraído: “buenas tardes” y al tomar asiento entre su abogado Frank Pérez y su abogado asistente, el capo exclamó: “ay, cabrón”, quizá por el dolor en una pierna.
El juez lo sentenció a permanecer en prisión por el resto de su vida y a que le fueran decomisados 15 mil millones de dólares, unos 261 mil 150 millones de pesos mexicanos, cifra que equivale a más del doble de las partidas federales que recibirán en conjunto este año los estados de Nayarit, Tlaxcala y Colima… y que según los fiscales es el dinero que obtuvo durante su carrera criminal.
Zambada García no llegó a la sentencia después de un juicio espectacular, como ocurrió con El Chapo Guzmán. El 25 de agosto de 2025 se declaró culpable de encabezar una empresa criminal continua y participar en una organización dedicada al crimen organizado bajo la ley RICO.
“Su Señoría —dijo El Mayo ayer ante el juez que dictó su sentencia—, me presento hoy ante usted sabiendo que mis acciones causaron daño, un daño real, a personas, familias y comunidades. Asumo toda la responsabilidad por lo que hice. Elegí este camino y entiendo que hoy debo rendir cuentas por esas decisiones”.
“Entiendo la severidad de la sentencia que enfrento. Acepto mi castigo. No estoy aquí para pedir compasión. Estoy aquí para asumir la responsabilidad y pedir disculpas por el daño que causé y por el ejemplo que di”. En ese momento se extinguió el último pilar histórico del Cártel de Sinaloa.
Perteneció, como líder, a una estructura dedicada al tráfico de cocaína, heroína, metanfetamina y fentanilo, al lavado de dinero, la corrupción, el secuestro y el asesinato… y lo hizo durante casi 40 años, desde que la DEA lo identificó en enero de 1989 hasta que fue detenido en julio de 2024 junto con Joaquín Guzmán López, hijo de El Chapo, en suelo mexicano y llevado clandestinamente a la Unión Americana.
Nacido en Sinaloa, El Mayo se formó en el viejo sistema de organizaciones regionales que precedió a los grandes cárteles mexicanos. Entendió muy pronto que el narcotráfico no dependía únicamente de hombres armados o cargamentos clandestinos, sino de una red mucho más compleja: productores, transportistas, intermediarios, empresas, autoridades corruptas, operadores financieros y contactos a ambos lados de la frontera.
Esa fue su verdadera especialidad. El Mayo no construyó solamente un ejército criminal. No, construyó —de acuerdo con la OFAC, el Tesoro y la DEA— relaciones, redes financieras y mecanismos de protección institucional para operar lo ilegal en las narices de las autoridades mexicanas y estadounidenses.
A diferencia de El Chapo, cuya figura quedó asociada con fugas de prisión, túneles, persecuciones y despliegues militares, Zambada representó el poder silencioso. Su nombre aparecía en expedientes, declaraciones de testigos protegidos y organigramas oficiales, pero durante décadas las autoridades no lograron llevarlo frente a un juez.
En 2007, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro comenzó a desmontar públicamente su estructura patrimonial. Identificó seis empresas y 12 personas que, según las investigaciones estadounidenses, operaban como prestanombres o fachadas financieras. Entre los negocios señalados había compañías ganaderas, establos, constructoras, transportistas y hasta una estancia infantil.
La persecución se extendió durante más de dos décadas. Zambada acumuló acusaciones en Nueva York, Texas, California, Illinois, Florida y el Distrito de Columbia. El expediente dejó de pertenecer a una sola agencia y se convirtió en una operación prolongada del aparato de seguridad estadounidense. Ayer 30 agentes federales atestiguaron la sentencia a El Mayo.
Fue objeto de una operación a gran escala. Participaron la DEA, el FBI, Seguridad Nacional y fiscales de distintas jurisdicciones. Cada institución investigó una parte del rompecabezas: drogas, homicidios, rutas fronterizas, lavado de dinero, empresas y redes familiares. La DEA lo colocó entre sus fugitivos prioritarios y describió su captura, ocurrida el 25 de julio de 2024, como un golpe al corazón del Cártel de Sinaloa.
Durante décadas se dijo que El Mayo nunca había pisado una cárcel. Que conocía cada brecha de la sierra. Que podía anticipar operativos y traiciones. Que su red de protección era tan amplia que nadie lograría capturarlo. Su destino es una prisión federal estadounidense, muy posiblemente la misma donde está Genaro García Luna, de la que no podrá salir jamás vivo.
El hombre que hizo del anonimato su principal mecanismo de supervivencia al final terminó frente a un juez, no cayó en una balacera ni murió escondido en la sierra. Tampoco fue absuelto por falta de pruebas. El Mayo sobrevivió a casi todos, pero no sobrevivirá a su propio destino.
RADAR.
Vendrá el reacomodo de una nueva generación.

Cadena perpetua

