Me encontré con un conocido, profesor del Tec de Monterrey, en un show de comedia. Coincidimos porque dos de los artistas eran exalumnos, de él y mío.
“¿Ya viste que el régimen abrirá su maestría en Humanismo mexicano?” —me preguntó antes de la primera llamada—. “Para eso mejor que lancen su maestría en marxismo. Sería más serio. Ese supuesto Humanismo mexicano es un guisado moralista, sin coherencia”, dijo.
Quisieras que fuera en marxismo para poder acusar al gobierno de comunista, le respondí. Pero Ambrosio Velasco, filósofo de la UNAM, ya ha escrito sobre Humanismo mexicano, identificando su núcleo con la dignidad humana y con la tradición aristotélica.
“¡Ñoñerías!”, replicó el colega del Tec.
— ¿Eras igual de crítico cuando Salinas de Gortari promovía su etiqueta de Liberalismo social?
“Buena comparación. Precisamente, fue un fracaso”, respondió.
El debate fue interrumpido por el inicio del show. Entonces nuestros exalumnos aparecieron sucesivamente, sin dejar títere con cabeza. El que había abandonado su carrera en el Tec tenía un perfecto acento en inglés e imitó a Trump, Elon Musk y Kamala Harris. Luego pasó a burlarse de sus compañeros: jóvenes orgullosos de recibir el insulto de whitexicans que los distingue de los mexicanos del montón. De pronto, se fue contra sus antiguos profesores: “Para dar clases en universidad privada —bromeó—, necesitas ser famoso en redes sociales y tener tu doctorado trunco. Así, gozas de popularidad, pero la universidad sabe que no vales mucho en el mercado y te trata como su bitch”.
Traté de reprimir mi risa, con pena ajena por el colega (la verdad, más un opinador que un académico), hasta que me llegó mi turno. Trepó mi antiguo estudiante al escenario. Se burló primero de sí mismo: iztapalapense que debía transbordar tres veces (de Metrobús a Metro y luego a Cablebús) para visitar a la novia en una lejana ladera del Edomex. Las mayores carcajadas brotaron de sus peladeces eróticas: “Nalga conocida, no da sida”. Luego pasó a ocuparse de sus antiguos profesores: “¿Se dan cuenta? La comedia funciona porque nadie soporta un sermón. En la UAM, mis profes eran marxistas, wokes posmodernos o antiimperialistas; nos sermoneaban con la lucha de clases, con la lucha de género y con la lucha anticolonial. El pedo es que eran burgueses, machos y europeos de nacimiento o por su color de piel. Quiero dedicar este espectáculo a mis maestros, porque, parafraseando a Marx, la historia ocurre dos veces: la primera como tragedia en el salón de clases y la segunda como farsa en este escenario, para poder sobrevivir como egresado de la carrera de filosofía… para dedicarme a dar sermones wokes anticolonialistas y recibir cheque cada quincena, tendría que ser nepobaby de Morena.”
A mi colega del Tec se le salió una carcajada histérica ¡y hasta me cayó saliva desde su asiento! Cuando terminó el espectáculo, salimos entre un río de gente todavía riéndose. Pensé que el stand-up es una curiosa prueba de estrés para las ideas. Un concepto que no resiste una parodia, está sostenido por solemnidad más que por argumentos. Si sobrevive a la risa, tal vez contiene algo digno de permanecer.
Los cómplices
