LA VIDA DE LAS EMOCIONES

El arte de perder

Valeria Villa<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

Un tema central de cualquier psicoterapia que se respete es aprender a perder, que es una capacidad emocional sin la cual la vida se vuelve amarga o la ira se multiplica, interpretando lo que sucede mediante una narración de injusticia y la convicción de que nos ha tocado la mala suerte en la vida y que sufrimos más que los demás.

Todos conocemos a alguien a quien siempre le fue más mal, a quien todo le ha sido más duro que a los otros. Es alguien que tal vez ha quedado definido en su identidad por aquello que perdió, invadido por la sombra del objeto perdido de la que hablaba Freud, con la consecuente melancolización de la existencia.

Son temas centrales para el psicoanálisis la pérdida, la falta, la finitud, lo que no ha podido ser, y qué relación establecemos con este territorio de lo negativo. El psicoanalista Jorge Alemán escribió en un breve ensayo lo siguiente: “Qué le debo al psicoanálisis? Haber aprendido a saber perder. Saber perder es no identificarse con lo perdido. Saber perder sin estar derrotado. Le debo al psicoanálisis entender la vida como un desafío en el que uno no puede sentirse víctima; el psicoanálisis me ha enseñado que uno debe entregarse durante toda la vida a una tarea imposible: aceptar las consecuencias imprevisibles de lo que uno elige”.

Son muchas las manifestaciones que ilustran cómo alguien no sabe perder. Tal vez se trata de no felicitar al ganador, sobre todo si nos quitó el premio o el reconocimiento que creíamos nuestro. Puede ser quedarse anclado en un tiempo pasado y seguir lamentando obsesivamente eso que no fue. Porque una cosa es entender algo de nosotros viendo al pasado y otra diferente quedarse a vivir en él, quitándole al presente atención, potencia, deseo. Quien no sabe perder, se enfrenta constantemente con los otros que ve como rivales eternos. No saber perder se parece mucho a quererlo todo y, por tanto, disfrutar de nada. Algunos, después de perder un amor, se vuelven incapaces de volverse a ilusionar, para evitar una nueva pérdida. Otros arden en furia cuando algo sale mal y buscan culpables. No pueden aceptar que perder es uno de los posibles resultados de la vida. Lo peor que nos puede pasar en la vida, según Lacan, es retroceder frente a nuestro deseo. En el intento de evitar el fracaso o la pérdida, se pierde también la vitalidad.

A veces los padres de hoy tienen miedo de que sus hijos se enfrenten a la pérdida. Al no querer que les pase nada malo, les blindan la vida mientras pueden, sobreprotegiéndolos y haciéndolos mucho más frágiles al dolor. La pérdida es una experiencia que atraviesa la vida entera, desde el nacimiento. Aprender a perder la presencia absoluta de la madre de los primeros meses de vida es uno de los logros más importantes del desarrollo, que definirá la relación con la ausencia y la tolerancia a la frustración.

Por eso las madres y los padres tienen que frustrar al bebé y después al niño, y ser sólo suficientemente buenos.

La poeta norteamericana Elizabeth Bishop escribió un enorme poema, traducido como El arte de perder. A continuación un fragmento:

“El arte de perder no cuesta tanto

irlo aprendiendo (insisten las cosas

hasta tal punto en perderse, /

que el llanto por ellas dura poco).

Y el espanto por perder algo cada día,

rosas que se deshojan, horas, llaves, /

cuanto pueda ocurrírsele a uno,

no es tanto.

Practica entonces perder más, y goza

el ritmo de la pérdida, su encanto:

Pierde ciudades, nombres, /

y en Lepanto pierde una mano,

un destino, una moza: /

nada de esto será para tanto.

Perdí el reloj de mi madre, /

y el manto con que cubría mis hombros,

la loza en que tomaba el té, /

pero igual canto”.

El arte de perder Valeria Villa

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