El racismo ha sido una constante incómoda a lo largo de la historia de la humanidad. Lejos de extinguirse, en los años recientes se ha manifestado de formas cada vez más crueles, explícitas y mediáticas.
La Real Academia Española lo define con precisión como la “creencia que sostiene la superioridad de un grupo étnico sobre los demás, lo que conduce a la discriminación o
persecución social”.

• “Ella no se marea”
En el contexto deportivo actual, esta brecha de intolerancia parece amplificarse exponencialmente. Desde la perspectiva académica, la psicología ha intentado explicar el fenómeno racista desde múltiples ángulos, entendiéndolo como un proceso cognitivo y social inherente al funcionamiento de la mente humana dentro de un grupo. En su momento, Theodor Adorno sostuvo que ciertas personas desarrollan pensamientos marcadamente rígidos y sumisos hacia la autoridad, fruto de crianzas estrictas o represivas, los cuales desembocan en la necesidad de proyectar sus propias inseguridades e impulsos agresivos contra minorías o colectivos percibidos como inferiores.
Por otra parte, la psicología social plantea que el prejuicio racial responde simplemente a la búsqueda de sentido de pertenencia y a la construcción de una autoestima colectiva a costa de la exclusión del ajeno. En las últimas décadas surgieron teorías sobre un “racismo sutil o moderado”, el cual buscaba suavizar las discriminaciones explícitas mediante matices lingüísticos; por ejemplo, sustituir de forma políticamente correcta el término “persona negra” por “persona de color”.
Sin embargo, esta aparente moderación se ha visto dinamitada recientemente por un violento racismo político de corte popular encabezado por figuras públicas, como el expresidente Donald Trump que, al movilizar a millones de seguidores, ha reactivado un peligroso nativismo excluyente.
Frente a la inminencia del Mundial de Futbol 2026 y la persistencia de esta problemática en los estadios, la FIFA implementó de forma oficial un Protocolo Antirracismo estructurado en tres pasos escalonados: detener el partido, suspenderlo temporalmente y, en caso de reincidencia, cancelarlo definitivamente. A la par de estas medidas operativas, el organismo rector del futbol mundial ha puesto en marcha un sistema de monitoreo continuo en redes sociales apoyado en Inteligencia Artificial, con el objetivo de detectar, visibilizar y denunciar penal y digitalmente a las cuentas agresoras.
No obstante, a pesar de los esfuerzos institucionales, los discursos de odio siguen brotando desde diversos frentes, impulsados en muchas ocasiones por actores con altos cargos de representación pública. Un caso sumamente ilustrativo ocurrió con la senadora paraguaya Celeste Amarilla, quien, tras la victoria de la selección de Francia sobre el combinado de Paraguay, atacó frontalmente al delantero Kylian Mbappé afirmando que era un “camerunés colonizado, fingiendo ser un duro francés, resentido, rico nuevo, prepotente y feo”. La respuesta del astro francés no se hizo esperar, respondiendo tajantemente en la esfera pública al calificar a la legisladora como “una mujer despreciable e indigna”.
Este tipo de episodios demuestra que las herramientas reglamentarias y tecnológicas resultan insuficientes si no existe un compromiso ético de la sociedad. De cara a la próxima fiesta del futbol mundial, el deporte más popular del planeta no sólo enfrenta el reto de coronar a un nuevo campeón sobre la cancha, sino también el de erradicar de manera contundente la intolerancia que amenaza con empañar el espíritu deportivo global.

Los cómplices

