La UNAM se encuentra en una encrucijada. Los resultados del examen de ingreso a licenciatura están en entredicho y se tendrán que tomar decisiones al respecto.
La zona de sospecha se centra en variaciones sobre el número de aciertos, que en algunas áreas se salieron de los patrones tradicionales.
Pero aún, hay mucha bruma y faltan explicaciones. Hasta ahora no existen elementos que prueben una irregularidad fuera de las proporciones ya conocidas y que, en algunos casos, llegaron a la presentación de denuncias penales contra empresas que engañaron a aspirantes o con la cancelación de la prueba a quienes se sorprendió faltando a las normas establecidas.

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De igual forma, y no es un aspecto menor, hay que ponderar las virtudes del examen en línea, ya que permitió, a los aspirantes que no viven en la Ciudad de México, evitarse traslados, estrés adicional y múltiples situaciones que pueden colocarlos en desventaja.
La universidad pública es uno de los instrumentos del ascenso social y así debe seguirlo siendo.
Hay una narrativa que se construyó, en los últimos días, que asume que estamos ante una trampa monumental, que pone en aprietos a quienes obtuvieron las más altas calificaciones. Generalizar absuelve y propicia elucubraciones que casi nunca se ajustan a la realidad.
Claro que la historia de un fraude o de trampa es atractiva, por sencilla, y porque se sostiene en muchos de los prejuicios que permean el debate público y funciona como coartada para tantos otros.
Aunado a ello, está el factor de la Inteligencia Artificial, la que se utilizó en la supervisión del comportamiento de los aspirantes y la que sería su contraparte, y que propició, en teoría, toda clase de trucos.
Ante esta situación, el rector Leonardo Lomelí ordenó la elaboración de un informe a las áreas involucradas en la aplicación del examen y anunció la conformación de una comisión técnica que elabore propuestas para salir del embrollo.
Informe y comisión técnica son dos piezas fundamentales para que cualquier conclusión cuente con transparencia, solidez y legitimidad.
La UNAM está actuando y de modo serio, pero no puede proceder si no cuenta con diagnósticos precisos, con evidencia. Sería un error y una injusticia responder por reflejo. No se puede hacer una tabla rasa, se tiene que reparar sin destruir.
En todo caso, la ruta de salida de esta crisis ya está establecida por el propio rector Lomelí, pero requerirá, justamente, de respuestas a la atura del momento.
¿Qué ocurrirá? Es pronto para saberlo, pero ya hay en los anuncios del rector Lomelí el trazo de una ruta que puede funcionar también para ajustar procedimientos, para mejorar en el futuro.
La UNAM no perderá en esta coyuntura, tiene una solidez suficiente para actuar de acuerdo con las circunstancias, pero también para despejar la bruma, para poner luz ahí donde no se ve con claridad.

O todos coludos o todos rabones

