Antes de ser asesinado, Alejandro Leyva alcanzó a publicar una última columna en la que cuestionó la baja afluencia a la Guelaguetza, denunció la inseguridad y responsabilizó al gobierno de Salomón Jara. Horas después lo mataron.
Oaxaca tocó fondo en violencia contra periodistas y lo que corresponde al escrutinio público es el contexto en el que ocurrió.
Jara reconoció que Leyva era un periodista crítico de su administración. Condenó el asesinato y prometió que no habrá impunidad. Mismo guion, ojalá que con distintos resultados…
El asesinato del periodista dejo al gobernador frente a una realidad que su discurso ya no alcanza a esconder, porque el balance de su gobierno dista mucho de la versión oficial y en tiempos de la Guelaguetza, es difícil ignorar la contradicción con lo que esa tradicional fiesta representa.
Proviene del zapoteco guendalezaa, un concepto que habla de reciprocidad, solidaridad, ayuda mutua y comunidad. Es la fiesta del espíritu colectivo de Oaxaca.
Sin embargo la actual administración parece ir en sentido opuesto, entre confrontación permanente, violencia, instituciones debilitadas y una ciudadanía cada vez más desencantada.
Lo confirmó la consulta de revocación de mandato realizada en enero pasado, con bajísima afluencia en las urnas, de apenas 30% de la lista nominal y no más de 857 mil votos emitidos.
El gobernador permaneció en el cargo porque la participación no alcanzó el umbral legal, 357 mil oaxaqueños votaron para que dejara el gobierno, perdió en distritos estratégicos como la capital e incluso fue derrotado en su propia casilla.
Semanas después pidió la renuncia de su gabinete. Según sus propias palabras, “aquellas personas cuya participación en el gobierno ha generado malestar social”.
Se separaron de sus funciones algunos de sus familiares, que ocupaban puestos en Morena y el Tribunal Estatal Electoral, ante los ineludibles señalamientos de nepotismo.
Tampoco puede presumirse gobernabilidad cuando uno de los conflictos históricos de Oaxaca continúa dando vueltas en el mismo círculo: los maestros.
Salomón Jara llegó al poder presentándose como un gobernador cercano a los movimientos sociales y al magisterio, pero ni esa afinidad ha evitado que la relación con la Sección 22 de la CNTE siga marcada por la confrontación.
Durante el ciclo escolar 2025-2026, los estudiantes oaxaqueños perdieron 36 días efectivos de clases, prácticamente una quinta parte del calendario escolar.
Más de 10 mil escuelas suspendieron actividades y alrededor de 734 mil alumnos resultaron afectados por los paros magisteriales.
Desde enero de 2025, Oaxaca ha acumulado 61 días sin clases por conflictos con la CNTE y a ello se sumaron bloqueos carreteros, cierres de oficinas públicas y afectaciones económicas que alcanzaron incluso la temporada turística más importante del estado: la Guelaguetza.
La administración estatal anunció una derrama económica superior a 231 millones de pesos, la llegada de 55 mil 830 turistas y una ocupación hotelera acumulada de 81.5% durante el primer Lunes del Cerro.
Pero la versión del sector turístico contradijo abiertamente las cifras oficiales. La Asociación de Hoteles y Moteles de Oaxaca aseguró que la ocupación en los establecimientos afiliados apenas alcanzó 38%, el nivel más bajo desde la pandemia de Covid-19.
Sus integrantes atribuyeron la caída a una deficiente estrategia de promoción, la saturación de eventos fuera de Oaxaca, el crecimiento del hospedaje informal y un entorno de inseguridad que terminó por desincentivar la llegada de visitantes.
En poco más de tres años de gobierno han sido asesinados en la entidad cinco presidentes municipales en funciones, ocho exalcaldes, nueve líderes sindicales y 21 activistas, dirigentes indígenas y representantes comunitarios. Son cifras oficiales.
Y a esa lista ahora se suma la muerte de Alejandro Leyva, el periodista incómodo para el poder…
Oaxaca se ha convertido en un estado donde la violencia alcanza con demasiada frecuencia a quienes ejercen liderazgo político, social o periodístico.
Nada de esto convierte al gobernador en culpable del asesinato del comunicador, pero sí es responsable del clima político e institucional bajo el cual ocurrió.
La Guelaguetza no nació para ser un espectáculo. Nació en su tradición para compartir y fortalecer a la comunidad. Es la enseñanza ancestral de que nadie prospera solo.
Por eso resulta tan lastimoso atestiguar que mientras Oaxaca celebra la tradición que mejor representa la solidaridad de sus pueblos, su comunidad acumula violencia, parálisis, confrontación y desconfianza.
Alejandro Leyva ya no escribirá una columna más sobre Salomón Jara. Pero su asesinato obliga a reflexionar sobre una realidad profundamente dolorosa: cuando la violencia termina por abrazar hasta el símbolo más poderoso de una comunidad, ya no hay celebración capaz de ocultar la dimensión de su deterioro…
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