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El T-MEC y la carrera de tres piernas

Antonio Michel Guardiola. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

La relación económica entre México y Estados Unidos se parece a una carrera de tres piernas: para avanzar, deben coordinar el paso. Durante más de treinta años se han atado mediante fábricas, inversiones y cadenas de suministro. Cuando uno avanza, el otro también; cuando uno tropieza, ambos pierden el equilibrio. Pero Donald Trump parece dispuesto a cortar la cinta y caer con tal de cruzar la meta, aunque llegue solo.

En México solemos escuchar que Trump no puede acabar con el T-MEC porque también perjudicaría a Estados Unidos. Sin embargo, desde hace un año he advertido en éste y otros espacios que el acuerdo se tambalea. El ego, las elecciones intermedias y su obsesión por reducir el déficit comercial con México podrían llevarlo a sacrificar a su compañero, aunque pierda la pierna que necesita para competir.

El 1 de julio, México y Canadá estaban dispuestos a extender el T-MEC otros 16 años. Estados Unidos se negó. El tratado seguirá vigente y será revisado anualmente hasta que sea renovado o expire en 2036. Washington convirtió la certidumbre comercial en una negociación permanente.

Las rondas tampoco han producido el acuerdo esperado. Siguen abiertas las diferencias sobre automóviles, reglas de origen, metales, condiciones laborales e inversiones chinas. Jamieson Greer, representante comercial estadounidense, reconoció que los asuntos más complejos podrían prolongarse hasta 2027. Su visita refleja la presión para obtener concesiones; que Sheinbaum lo recibiera revela cuánto nos preocupa el acuerdo: 83 por ciento de nuestras exportaciones va a Estados Unidos.

Trump ha sesgado la negociación comercial con el fentanilo, la seguridad fronteriza y el tratado de aguas como una estrategia para ejercer presión. México debe ceder en otras pistas para conservar su lugar en ésta. A cambio de retirar amenazas y aranceles, Washington exige concesiones comerciales.

Además, la negociación ya no es trilateral. Washington hace rondas por separado y busca un arreglo provisional con México y otro con Canadá. Eso no sustituye al T-MEC por dos tratados bilaterales, pero debilita su lógica: tres economías bajo reglas comunes y dos socios capaces de hacer contrapeso a Washington. Trump prefiere enfrentarlos por separado.

Los especialistas no consideran probable la desaparición del tratado, la integración es profunda y una ruptura dañaría también a EU. Pero improbable no significa imposible. Trump cuestiona el acuerdo que presentó como el mejor de la historia y prioriza el déficit y la relocalización de empleos, aunque eleve los costos en su propio país.

México no debe anunciar anticipadamente la muerte del T-MEC, pero tampoco asumir que la interdependencia garantiza su supervivencia. El tratado continúa vivo, aunque ya no seguro. Trump quizá no quiera romper la banda que une a las piernas: le resulta más útil tensarla, obligarnos a seguir su paso y hacernos negociar cada año el derecho a permanecer atados. El peligro es que, obsesionado con ganar, termine derribando a su compañero y descubra, demasiado tarde, que en una carrera de tres piernas nadie cruza la meta sin el otro.

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