En la Cineteca Nacional me encontré con Ari Campbell y su esposa. Él es politólogo y ella psicoanalista lacaniana. Ari me presumió que había sido incluido en un chat de política muy exclusivo… con cientos de personas y varias vacas sagradas. Pensé, para mis adentros: si son cientos de miembros, entonces el chat no es muy exclusivo.
Pero, en fin, Ari se sentía muy halagado de estar con intelectuales como Dresser, Krauze, Bartra, etc., donde respetaban sus diferencias y, como causa en común, compartían la defensa de la democracia mexicana.
“Estamos en contra de Morena y de la 4T —me explicó—, somos un chat crítico del régimen autoritario. Aquí más te vale no venir a defender la reforma judicial, la cancelación del aeropuerto de Texcoco o el Tren Maya”.
Le pregunté si se podía mencionar en ese chat algún aspecto positivo de esas decisiones, en caso de que lo hubiera. “Pues no realmente, para eso puedes irte a un chat oficialista”, me dijo Campbell.
Le traté de hacer ver que, entonces, ahí no había respeto al que piensa distinto. Más aún, si ese chat estaba organizado bajo la lógica del amigo-enemigo, entonces también era populista. Los miembros del chat se daban trato cordial entre sí, trato de amigos que respetan sus diferencias, pero sólo porque tendrían discrepancias irrelevantes sobre el vino o el futbol, pues su esencia sería tener un adversario común.
“De todas maneras —respondió Campbell—, Ernesto Laclau explica que el populismo es sinónimo de toda política, porque siempre ¡siempre! hay un nosotros y un ellos. La separación entre amigos y enemigos es el origen de la política. Ahí se funda la política”.
Entonces su esposa intervino. Dijo que Laclau no había comprendido a Jacques Lacan, el psicoanalista francés. Que, en realidad, cada persona se proyecta sobre sus adversarios (el “chairo”, el “facho”, el inmigrante, el rico). Descargamos sobre ellos el odio a lo que nos falta. “Ahí tienes a los empresarios contrabandistas de combustible que se proyectaban y acusaban al Gobierno de lo que ellos mismos hacían”.
Ari se enfureció contra su esposa. “¿Te consta? ¿Conoces el expediente? Es una infamia que caigas en ese juego ¡Ruffo es un preso político!”
La situación se volvía bastante incómoda. La psicoanalista se volvió hacia mí, ignorando la ira de su marido y me dijo que, obvio, de niños no somos personas de izquierda, ni de derecha, conservadores o liberales. Que la vida nos parte en dos. “Entonces decides que eres superior a los demás y culpas a los supuestos asistencialistas, a los llamados zurdos, de querer impedirte triunfar. Es puro narcicismo. Pasamos la vida luchando contra nuestra media mitad perdida, nuestra proyección”.
Ari dijo que Lacan era pseudociencia, pamplinas, sandeces. Yo me escabullí como pude. Sinceramente, me arruinaron la película. No lograba concentrarme en la pantalla. ¿Realmente toda política es populista? ¿No podemos tener adversarios temporales, a partir de diferencias de agenda, superadas las cuales, volvemos a ser amigos o, mínimo, compañeros de viaje? ¿La polarización es consustancial a la adultez humana? ¿Estamos locos, Lucas, y proyectamos nuestro yo faltante en los adversarios? ¿La polarización es consustancial al matrimonio?
Michoacán
