En la política más que en la vida, la forma es fondo. Palacio Nacional nos informa cada semana de avances en el combate a la inseguridad, a la ilegalidad y a las delincuencias de todo signo. Los homicidios dolosos son cada vez menos, aún son muchos, pero el progreso es innegable.
Cada tendencia estadística a la baja es fruto del esfuerzo y sacrificio de miles de compatriotas de fuerzas federales de seguridad, Marina, Ejército, Guardia Nacional, inteligencia, trabajo policial y en enfoque integral para atacar lo mismo las finanzas que las rutas, para interceptar objetivos de manera quirúrgica y para que, por el debido proceso violentado, los casos fracasen y los capos con sus matarifes evadan la justicia.
En esa directriz de la Presidenta Sheinbaum, en la ejecución del secretario García Harfuch con soldados y marinos al lado, el Gobierno federal suple las impericias de gobernadores, de su mismo partido o de distintos a Morena, que estorban por incapacidad o por connivencia. Y presidentes municipales y policías locales por igual.
Y con todo lo invertido; vidas, dinero y energía, el hilo de la cordialidad binacional México–Estados Unidos de repente vuelve a romperse por lo más delgado, en esta ocasión, Michoacán.
La tierra de Felipe Calderón, de Lázaro Cárdenas, de Carlos Manzo, de la familia criminal y del aguacate no logra, en más de tres lustros y cuatro periodos sexenales, sembrar una paz duradera con justicia y dignidad.
Estados Unidos decidió dejar de comprar aguacate mexicano por falta de seguridad, por los cobros de piso, por el caos que, a pesar de tanto esfuerzo, sigue brotando en forma de extorsiones, levantones y derechos de vía bien chuecos.
Un golpe económico para la región y para la agricultura nacional difícil de estimar. Al día siguiente el gobierno anunció, desde Palacio Nacional, el envío de mil 600 elementos federales más a la zona. A patrullar para garantizar el imperio del Estado de derecho.
Y que los inspectores gringos se den por satisfechos. ¿Feo? Horrible. Pero así fue. A ver si así pronto deciden volver a llevarse el oro verde para su guacamole. Ni modo, toca matizar el asunto; no es la primera vez que nos cierran la frontera, esperamos que pronto, como en anteriores jalones de orejas, la reabran.
El episodio deja claro el tamaño del problema enraizado en tantas regiones del país. Ni PRI, PAN, PRD o Morena han dado con la tecla. Los abrazos no balazos se suman al archivo de la estulticia ejecutiva, lo mismo que la guerra o la pax narca de cada poderoso en turno.
Al menos en este sexenio hay más acción y menos perorata, bravuconada o frívola omisión. Pero el camino es tan largo como fue el dejar hacer corrupto y cobarde de los anteriores. Para un cambio sensible faltan años, muchos y acompañados de valor, presupuesto, cooperación e inteligencia. Si es que lo de la soberanía nacional es algo más que otro lugar común del populismo ambidiestro.
Alégale al umpire
