India encontró una solución peculiar para enfrentar un escándalo de corrupción: actuar para tratar de sancionar a quienes filtraron ilegalmente exámenes de admisión a la universidad y, al mismo tiempo, aprovechar para hacer reformas para censurar las redes sociales y bajarle el volumen a las criticas a su gobierno.
El 3 de mayo de este año, más de 2.2 millones de jóvenes presentaron el “Examen Nacional de Elegibilidad y Admisión”, el examen que abre la puerta a las escuelas de medicina. Días después, se armó un escándalo porque se confirmó que varias partes del examen habían sido obtenidas y puestas a circular masivamante en redes y aplicaciones como Telegram. Los exámenes fueron anulados y, el 21 de junio, los jóvenes tuvieron que volver a hacer la prueba de admisión, ahora entre revisiones biométricas, controles de identidad y mucha vigilancia.
No era un simple trámite. En India, estos exámenes son una de las pocas escaleras hacia empleos profesionales y movilidad social para millones de familias. Hay jóvenes que estudian durante años y gastan cantidades importantes para tratar de aprobarlo. Cuando se descubrió que la escalera estaba amañada, el enojo fue proporcional. Familias de estudiantes que murieron por suicidio después de perder su lugar exigieron respuestas y el gobierno terminó aceptando compensaciones.

• Mikel Arriola, abucheado
Entonces aparecieron las cucarachas. El nombre nació de una frase del presidente de la Suprema Corte que muchos jóvenes entendieron como un insulto contra desempleados y críticos. Un grupo decidió apropiársela. Así nació el Cockroach Janta Party: una parodia del partido de Narendra Modi que pasó de los memes a las calles. Primero fueron cientos; luego decenas de miles. En julio, una marcha hacia el Parlamento terminó con gases lacrimógenos, golpes y detenciones. El movimiento denunció después que al menos cien personas habían sido arrestadas y cientos más hostigadas. El movimiento siguió creciendo hasta conseguir algo extraordinario para un gobierno acostumbrado a no ceder, pues el ministro de Educación, Dharmendra Pradhan, fue obligado a renunciar el 25 de julio. Así, Modi quemó un fusible, pero también le vino como anillo al dedo.
Porque mientras el gobierno cedía, también aprovechó para censurar aún más las redes, donde había nacido la protesta. Antes de la repetición del examen bloquearon temporalmente Telegram y otras redes, pues ahí se habían difundido los exámenes. Y eso le permitió aplicar una reforma que viene de 2021, donde todas las empresas de redes sociales y medios digitales que operan en el país, desde Facebook hasta Google, fueron obligadas a tener en India un “responsable de cumplimiento” que pudiera enfrentar consecuencias si no obedecía las órdenes del gobierno. En febrero de este año, el plazo obligatorio para retirar contenido señalado como ilícito bajó de 36 a sólo tres horas. Hoy el gobierno puede bajar de Internet cualquier cosa que le incomode.
La literatura sobre erosión democrática lleva años advirtiendo que los retrocesos ya no se dan con tanques o censores tachando periódicos a la 1984. Llegan convertidos en reglamentos, plazos administrativos, obligaciones de cumplimiento y sanciones suficientemente ambiguas para que otros hagan el trabajo. India sigue teniendo elecciones, oposición, jueces y protestas, pero en el fondo el populismo ha desfigurado su democracia y hasta ha logrado censurar el Internet, que fue una herramienta clave en el ascenso de Modi. En todos lados se cuecen habas.

Versión Impresa, 10 de Agosto 2026

