LA UTORA

La netamorfosis + otras epifanías

Julia Santibáñez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Julia Santibáñez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Luchar contra las erratas es vivir en el error. Combatir las errancias de las ratas, las erratas erráticas significa perderse revelaciones. Los gazapos han dado jiribilla a obras clásicas, cuyos originales tenían poco misterio. Alfonso Reyes lo supo. Había escrito un verso mediano: “más adentro de tu frente”. Por azar mutó en “mar adentro de tu frente” y sí, ahora sí nos vamos entendiendo, dijera aquél.

Muchos autores deben a la errata un giro mercadológico. Elena Garro estuvo trabajando La semana de Dolores, cuentos de penitencia y arrepintencia. En la editorial lo cambiaron por algo menos azorado, digo, azotado: La semana de colores. A Laura, nombre de la noveleta de Carlos Fuentes, la dejaron en la evocadora Aura. Y nunca hubo en la mente de Inés Arredondo el cuento “Estío”. Ella se esponjaba por “Hastío”, sobre un chico aburrido que busca entretención en su casa. Nunca más literal. Por cierto: las Décimas a Dios, de Pita Amor, ella las firmó Pésimas a Dios, en un gesto autocrítico, pero un coach de ventas quiso vender más ejemplares. Y El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, era El laberinto de la sobriedad. Se vertebraba en las crudas del mexicano, cuando amanece cual minotauro de testa descomunal.

Por otro lado, Amparo Dávila, autora de “El césped”, alucinaba un pasto altísimo, aterrante; luego vio su cuento publicado como “El huésped”. Ya ni modo. Jorge Ibargüengoitia pergeñó un volumen singular: Las tuertas. Cuenta la historia de unas señoras respetables carentes de un ojo cada una y daditas a la tristeza. Un despistado le puso Las muertas. Mientras tanto, Rosario Castellanos se divertía imaginando un libro disfrutón sobre el baile decimonónico: Balún Cancán. A los lectores nos la presentaron como Balún Canán.

La literatura universal también presume glorias. Nos han hecho creer que Fiódor Dostoievski mandó a la casa editorial Crimen y castigo, cuando el manuscrito decía en la primera hoja Himen y castigo. Relataba la vida de un joven obsesionado con una señora muuuy rica. Ya que estamos en esas latitudes, el clásico de Tolstói versaba sobre un chisme más bien local: La güera y la paz. Quién sabe de dónde aquello de La guerra. Y si bien el debut de Sylvia Plath iba ser de temperatura lúbrica y llevar el nombre de El goloso, el pudendo corrector lo convirtió en El coloso. La protagonista de Vladimir Nabokov respondía por Lola, hasta que una mano cursi la vio tan ninfulita que le puso Lolita. El libro conocido como Las olas, de Virginia Woolf, se llamaba Las solas, era sobre un bonche de viudas bien divertidas, mientras una cucaracha lúcida estelariza La netamorfosis, novela demasiadamente cierta de Franz Kafka.

Las erratas han creado un mundo alterno, más epifánicamente rico. Me voy a seguir recopilando evidencias de ello. A seguir echándole greña al fuego.

(Texto grabado como video para La hora elástica, programa de TVUNAM, en 2018).


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