FRONTERA DE PALABRAS

Las luchas campesinas y los hombres del sur

Mauricio Leyva. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Mauricio Leyva. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.

Agosto guarda en su calendario tres referencias que nos permiten volver la mirada hacia el sur de México y hacia una historia que todavía tiene mucho que decirnos. El 8 de agosto recordamos el natalicio de Emiliano Zapata; el 9 de agosto se conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígenas y el 10 de agosto, el natalicio de Vicente Guerrero. Tres fechas que, vistas en conjunto, permiten recuperar una parte fundamental de nuestra memoria histórica. Vicente Guerrero, Juan Álvarez y Emiliano Zapata pertenecieron a épocas distintas, pero sus vidas estuvieron vinculadas por una misma geografía y por una preocupación que atravesó generaciones: la libertad y la defensa de los pueblos.

Vicente Guerrero fue también el primer presidente de México de ascendencia africana. Su trayectoria representa una de las expresiones más profundas de la lucha por la igualdad. Su participación en la Independencia y su decisión de abolir la esclavitud durante su gobierno muestran que, para Guerrero, la libertad no podía limitarse a la separación de España: debía significar también la dignidad de quienes habían sido sometidos y excluidos.

Décadas después, Juan Álvarez se convertiría en uno de los grandes protagonistas de la historia del sur. Militar, liberal, presidente de México y figura central del Plan de Ayutla, Álvarez participó en las luchas que transformaron al país durante el siglo XIX. Pero su legado no puede comprenderse solamente desde la política nacional. En Guerrero, los conflictos entre pueblos y hacendados por tierras, montes y aguas fueron parte de una realidad permanente. Álvarez intervino en favor de las demandas de campesinos e indígenas y dejó testimonio de sus posiciones en diversos documentos. En 1845 publicó un manifiesto en apoyo de los campesinos de Chilapa y, en 1857, su “Manifiesto a los Pueblos Cultos de Europa y América”, en el que defendió su actuación y denunció los abusos que sufrían las comunidades. Para Álvarez, la defensa de los pueblos estaba vinculada con la defensa de su territorio. La tierra no era solo una propiedad: era sustento, identidad, comunidad y autonomía.

Medio siglo después, Emiliano Zapata enfrentaría en Morelos una realidad que conservaba muchas de aquellas viejas tensiones. El crecimiento de las haciendas había reducido las tierras de las comunidades y provocado nuevos conflictos. Zapata hizo entonces de la cuestión agraria el centro de su lucha. El Plan de Ayala de 1911 exigió la restitución de las tierras, montes y aguas que habían sido arrebatados a los pueblos. “Tierra y Libertad” sintetizó una concepción profundamente arraigada en las comunidades: la libertad no podía ser completa cuando se había perdido la tierra que permitía vivir y trabajar.

Por eso, las fechas de agosto adquieren un significado especial en México. El Día Internacional de los Pueblos Indígenas nos recuerda que las comunidades originarias siguen siendo parte fundamental de la nación y que, para los pueblos del sur, la libertad nunca ha sido solamente un concepto político.

También ha significado dignidad, tierra, identidad, comunidad y derecho a decidir sobre el propio destino. Recordar a Guerrero, Álvarez y Zapata en agosto es, finalmente, recordar que la historia de México también se escribió desde el sur; desde sus pueblos, sus montañas y sus campos, donde la libertad dejó de ser una palabra para convertirse en una lucha.

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