PUNTO CIEGO

Alito y el ladrón que grita

Daniel Santos Flores. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Daniel Santos Flores. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Especial

Hay una vieja estrategia muy conocida en el mundo del hampa y que ha sido utilizada durante cientos de años. Cuando un ladrón corría llevando entre las manos o debajo del abrigo lo que acababa de sustraer, gritaba: “¡Aguas con el ratero!”, mientras señalaba hacia cualquier dirección al azar. La intención era sencilla: desviar las miradas de su persona, confundir a la multitud y lograr que nadie pusiera atención en quien gritaba, ni en lo que llevaba escondido. En política existe una versión todavía más eficaz: gritar “persecución”.

Ahí está el caso de Alejandro Alito Moreno, quien lleva ya un buen tiempo intentando que la historia sobre su persona sea la de un opositor perseguido. Cuando la realidad es que antes de esa historia existe otra que está tratando de ocultar: la de un exgobernador que ha acumulado un buen número de investigaciones, solicitudes de desafuero y señalamientos por el presunto desvío de millones de pesos de dinero público. Y, para eso, hay que poner en contexto lo que, hasta el día de hoy, gracias a una narrativa golpista y estridente, ha logrado esconder sin dar una explicación coherente. Pongamos en un listado las acusaciones de las que aquí hablamos: una mansión de mil 541 metros cuadrados; 305 mil metros cuadrados de playa comprados por 100 mil pesos; otros 265 mil 201 metros cuadrados adquiridos por 20 mil pesos; 35 inmuebles alrededor de su círculo familiar; además de dos McLaren y un Lamborghini que han sido señalados públicamente como parte de sus lujos.

Obviamente, no hay que ser demasiado inteligentes para entender que, con un sueldo mensual de gobernador, que rondaba entre los 120 mil y los 167 mil pesos, resulta difícil explicar semejantes lujos. A menos que el señor sea de cuna de oro, pertenezca a una familia real o tenga un apellido de abolengo que haya amasado fortunas heredadas, durante generaciones, hasta llegar a sus arcas. Sólo así podríamos entender cómo, quien alguna vez fue señalado como un simple golpeador de partido, terminó mezclándose entre los más ricos del pobre estado que lo vio nacer, que gobernó y que, de acuerdo con las acusaciones que pesan en su contra, presuntamente saqueó.

Hoy, Alito Moreno encontró un caminito que piensa que le va a resultar. Ir al extranjero a gritar “persecución” le ha dado foco mediático, pero hay algo que quizá no le informaron bien: los vecinos no son, ni se parecen en lo más mínimo, a los incautos que aquí, en México, pretende impresionar o engañar con sus gritos. Esos amiguitos no son nada fáciles de engañar. Y a la hora en que lleguen a la conclusión de que los está utilizando para intentar evadir a la justicia, lo primero que pueden hacer es agarrarlo con los dedos en la puerta. Si Alito piensa que con ellos también se puede jugar, está, pero bien equivocado.

Y ése es justamente el punto ciego de todo esto. Alito quiere que todos veamos hacia donde apunta su dedo, pero que nadie se detenga a ver qué lleva debajo del abrigo. El problema es que, puede gritar todo lo que quiera, viajar a Washington, tocar puertas y presentarse como la nueva víctima del régimen; pero nada de eso desaparece las propiedades, los terrenos, las investigaciones ni las cuentas que todavía tiene pendientes por explicar. Ser opositor no otorga inmunidad. Si Alejandro Moreno considera que todo se trata de una persecución política, tiene una forma bastante sencilla de demostrarlo: explicar el origen de su patrimonio, responder ante las autoridades y exhibir, una por una, las acusaciones que pesan sobre él. Eso sería mucho más efectivo que recorrer medio mundo gritando que lo persiguen.

Reenviado

Aquella vieja estrategia del gritón tenía un defecto: funcionaba solamente mientras la multitud seguía mirando hacia donde el ladrón señalaba. Bastaba con que alguien dejara de hacerlo y volteara a ver al hombre que gritaba. Y quizá eso es exactamente lo que está empezando a pasar con Alito Moreno.

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