VIÑETAS LATINOAMERICANAS

Otra frontera amenazada

Rafael Rojas. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Rafael Rojas. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Entre Estados Unidos y México media una frontera de 3,169 kilómetros. Esa línea divisoria, su pasado y presente, sus tráficos y muros, son motivo de constante disputa entre los dos gobiernos. Sin embargo, nadie, ni en Washington ni en la Ciudad de México, pone en duda que se trata de un nervio vital de ambos países.

Un político como Donald Trump y la corriente que encabeza no sólo en Estados Unidos, sino de manera creciente en América Latina, fantasea con la reindustrialización, el neoproteccionismo o el fin del libre comercio, tal y como lo conocemos desde fines del siglo XX. Pero ni Trump ni los trumpistas pueden mudar a Estados Unidos o a México de su vecindad geográfica.

De ahí que por mucho que se trabe la negociación bilateral o que el nacionalismo reviva a ambos lados del límite territorial, el carácter prioritario del vínculo entre Estados Unidos y México vuelve a ser restablecido. Ni Morena ni la oposición, en México, ni demócratas ni republicanos, en Estados Unidos, buscan revertir la interdependencia o la integración entre ambos países.

Otra frontera enorme entre dos países americanos es la que comparten Brasil y Argentina. Es tres veces menor esa frontera que la de Estados Unidos y México, que, a su vez, es la tercera parte de la frontera entre Estados Unidos y Canadá, que abarca casi 9 mil kilómetros. El tamaño es aquí, por lo visto, decisivo: la frontera más grande es la más fluida y la más pequeña es la que, ahora mismo, se ve más seriamente amenazada.

La fricción diplomática que en estos momentos experimentan Brasil y Argentina es la más severa en décadas. Ambos países han compartido ciclos históricos durante casi un siglo: dos populismos clásicos del siglo XX, el varguismo y el peronismo, fueron contemporáneos; las dictaduras militares de la Guerra Fría, en ambos países, también fueron paralelas; las transiciones democráticas comenzaron, a cada lado de esa frontera, en 1983.

Esas historias confluyentes se vieron reforzadas a fines del siglo XX por el avance de la integración económica con el Mercosur. Toda esa trayectoria compartida está siendo cuestionada por el giro que Donald Trump y sus aliados en la región, con Javier Milei a la cabeza en el Cono Sur, están operando en la política regional.

El desafío de Milei a Lula da Silva sería sencillo si sólo proviniese de una diferencia ideológica entre izquierdas y derechas en Suramérica. La posibilidad de una fractura es mucho mayor ahora porque los Bolsonaro y Milei, como otros líderes de la misma corriente en América Latina, no forman parte de una derecha neoliberal y democrática tradicional, como la que encabezaron, por ejemplo, Sebastián Piñera en Chile o Mauricio Macri en Argentina.

Esta nueva derecha rechaza por principio los foros multilaterales y tiende a dinamitar los acuerdos de libre comercio promovidos tanto por las derechas como por las izquierdas democráticas previas. Ese neoproteccionismo amenaza mil kilómetros de intercambio.

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