Estados Unidos entró a la guerra contra Irán suponiendo que su superioridad tecnológica y bélica resolvería rápidamente el conflicto. Casi seis meses después siguen batallando debido a un error de cálculo inesperado: se están quedando sin municiones en sistemas militares clave.
El famoso sistema Patriot no son sólo misiles, sino que se trata de varias unidades móviles que se coordinan y mueven de manera motorizada. Cada batería reúne radares, computadoras, un centro de control y hasta ocho lanzadores que se dispersan en el territorio. Su radar detecta una amenaza, calcula la trayectoria y ordena disparar uno o dos misiles para destruirla antes de que alcance una base, una ciudad o una concentración de tropas.
Nació durante la Guerra Fría para derribar aviones soviéticos. En la Guerra del Golfo de 1991 fue utilizado contra los misiles Scud de Saddam Hussein. Después fue perfeccionado. La siguiente versión podía derribar sin problemas aviones o destruir blancos a más de 100 kilómetros de distancia. Así, el Patriot se convirtió en el caballo de batalla de la defensa aérea estadounidense y de 18 países aliados más. No es el arma con la que Estados Unidos conquista territorio. Es el escudo que le permite mantener soldados, aeropuertos y centros de mando en lugares donde el enemigo puede atacarlos desde lejos. Sin él, Washington todavía puede lanzar bombas y misiles; lo difícil es quedarse y proteger a quienes sostienen la operación.

Andy y Rocha, títeres del conflicto gubernamental
Ahí estuvo el error de cálculo en Irán. Estados Unidos preparó una campaña corta contra instalaciones nucleares e infraestructura militar, pero Irán conservó suficientes misiles balísticos y drones para responder durante meses. Así han podido bombardear varias bases estadounidenses y aliadas en la región. Cada proyectil iraní obliga a decidir qué proteger y cuánto gastar. Un misil Patriot cuesta cerca de cuatro millones de dólares; un dron puede costar un par de miles de dólares. Incluso cuando la defensa funciona, la aritmética favorece a quien lanza lo barato.
Las cifras exactas son secretas, pero el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales calcula que la guerra con Irán ya consumió alrededor de dos terceras partes del inventario estadounidense previo. Quedarían unos 800 Patriot, además de menos de 250 interceptores THAAD.
Estados Unidos utilizó en unas semanas lo que sus fábricas tardan años en producir. Aumentar presupuestos no fabrica de inmediato motores, sensores ni trabajadores especializados. Los nuevos contratos pretenden triplicar la producción. Aun así, el arsenal Patriot no volvería a su nivel anterior a la guerra hasta 2028. Reponer todas las municiones usadas podría tomar hasta seis años.
Mientras tanto, Ucrania recibe menos misiles y los planes para defender Taiwán también se tambalean. China posee un arsenal mucho mayor que el iraní y sabe que parte del escudo estadounidense fue trasladado de Asia a Medio Oriente. No significa que China atacará mañana, pero abre una ventana de oportunidad.
Washington no dejará de proyectar poder. Buscará hacerlo donde conserve ventajas, como en aviación, inteligencia, fuerzas especiales, bloqueos y ataques contra adversarios sin misiles balísticos. La consecuencia inesperada puede sentirse más cerca de México. Después de convertir a los cárteles en organizaciones terroristas y ampliar sus operaciones militares en América Latina, una Casa Blanca con menos capacidad para sostener otra guerra convencional puede sentirse tentada a escoger enemigos que no puedan devolverle el fuego. Quedarse sin parque no necesariamente trae prudencia. A veces sólo cambia el blanco.

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