ANTROPOCENO

El punto ciego de Woldenberg

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

José Woldenberg nos recuerda recientemente, en su columna, que el núcleo duro del liberalismo es “la protección de los individuos frente al poder del Estado”. Agrega: “Se trata de crear una serie de instituciones y normas, capaces de garantizar a los ciudadanos muy distintos y estratégicos derechos como las libertades de expresión, prensa, asociación; y, al mismo tiempo, configurar una serie de límites a las instituciones del Estado, para que éstas no puedan actuar de manera caprichosa, opresiva”.

¿Y caprichosos y opresivos sí pueden ser los individuos en una sociedad funcional? Me refiero tanto al capo que sueña con ser líder de un cártel, al inversionista que quisiera minimizar su pago de impuestos o al mitómano que tiene la perversión de sembrar y viralizar mentiras en las redes sociales. Es comprensible que Woldenberg no mencione la seguridad pública. Es un problema central en México, pero no le ayuda al expresidente del Instituto Federal Electoral (IFE) para su defensa del liberalismo. Nayib Bukele logró la seguridad pública destruyendo todo rastro de liberalismo en El Salvador. No queremos lo mismo acá, pero tampoco es que lo único que la gente clame sea: “¡Dennos liberalismo, por favor!”.

El punto no es, obvio, que debamos prescindir de las libertades. La libertad de expresión, de asociación, la prensa crítica y los límites constitucionales al Gobierno son conquistas que México debe alcanzar. Estamos de acuerdo. Pero una teoría política que sólo se pregunta cómo limitar al Estado y sacralizar al individuo, deja fuera una parte considerable de los problemas reales de la sociedad.

No sólo la inseguridad, fomentada por la gigantesca frontera con Estados Unidos (enorme mercado de droga y armas que empodera a los grupos criminales), Woldenberg también deja fuera la cultura. No todas las sociedades organizan del mismo modo la relación entre el individuo, la comunidad y el Estado. El liberalismo nació en Occidente y produjo una concepción extraordinariamente poderosa del individuo como sujeto autónomo, titular de derechos y capaz de elegir su plan de vida. Pero sería un error suponer que todas las sociedades exitosas han debido convertirse culturalmente en versiones de Inglaterra o Suiza. La obra de Joseph Henrich, profesor de Harvard, nos muestra con rigor científico que el individualismo occidental es una rareza en un mundo de psicologías yoruba, confuciana, latinoamericana, etc. México, siendo una nación pluricultural, no es cualquier conjunto de individuos, está sustentado originalmente en sus pueblos indígenas, como lo reconoce nuestra Constitución. Luego Bonfil Batalla nos mostró que gran parte de nuestra población está formada por indígenas desindigenizados a la fuerza. Pero queda la cultura. Eso lo comprenden Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, no Woldenberg. Y ahí está la clave de la noción de “pueblo” que tanto irrita al tercero. Desde luego que todo gobierno está formado por una élite política y, en ese sentido, difiere de los gobernados, pero son muy distintos los líderes que buscan aplicar una fórmula liberal abstracta o situada. El punto ciego de Woldenberg y de parte de la oposición, es creer que el individuo constituye el punto de partida suficiente para pensar la sociedad.

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