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T-MEC: la casa que se segmenta

Antonio Michel Guardiola. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

El 1 de julio Estados Unidos decidió no extender por 16 años el tratado comercial con México y Canadá. Eso no significa que vaya a desaparecer mañana: seguirá vigente hasta 2036 y los tres países tendrán revisiones anuales en las que todavía podrán acordar su extensión. Pero la decisión de Washington abrió una década de incertidumbre. Lo ocurrido con Canadá demuestra que México no debería sentirse demasiado tranquilo.

Las negociaciones entre Washington y Ottawa fracasaron y ambos países han entrado en una guerra comercial. Trump impuso aranceles de hasta 50 por ciento a productos canadienses y Canadá respondió con medidas equivalentes. Si EU está dispuesto a hacerlo con uno de sus aliados más cercanos, la lección para México es evidente: no existen socios comerciales intocables.

Hasta ahora, el gobierno de Sheinbaum ha seguido una estrategia distinta a la canadiense: evitar la confrontación y privilegiar la negociación. México mantiene así una posición favorable frente a otros socios de EU: alrededor del 85 por ciento de nuestras exportaciones no enfrenta aranceles. Pero no confundamos haber sobrevivido con haber ganado.

Washington mantiene aranceles de 25 por ciento sobre automóviles mexicanos y de 50 por ciento sobre acero y aluminio. Además, quiere modificar algunas reglas fundamentales del Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).

Uno de los principales desacuerdos está en el sector automotriz. Actualmente, un vehículo necesita 75 por ciento de contenido norteamericano para recibir trato preferencial. Washington quiere introducir un requisito específico de contenido estadounidense.

El T-MEC concibe a América del Norte como una plataforma productiva integrada. Exigir contenido específicamente estadounidense sustituiría gradualmente la lógica de “producir juntos” por la de “producir en Estados Unidos”.

Donald Trump tampoco necesita eliminar el tratado para debilitarlo. Puede mantenerlo formalmente mientras impone aranceles sectoriales, endurece las reglas de origen y obliga a México y Canadá a negociar bilateralmente con Washington.

Hay otro riesgo. El T-MEC fue concebido como un acuerdo entre tres países, pero EU negocia cada vez más por separado con Ottawa y México. Washington queda en el centro y sus dos socios negocian individualmente con una economía mucho más poderosa.

México y EU tendrán una cuarta ronda de conversaciones en septiembre. En la mesa estarán automóviles, acero, aluminio, agricultura, temas laborales y la llamada “seguridad económica”: evitar que China utilice a México como puerta de entrada al mercado estadounidense.

El país necesita defender algo más importante que un arancel: la supervivencia económica del T-MEC. El tratado puede existir jurídicamente hasta 2036, pero sin aquello que lo hizo tan valioso.

El T-MEC nació para construir una casa común. El peligro es que Trump no la derribe, sino que levante muros en su interior hasta convertirla en tres habitaciones separadas, donde las puertas de México y Canadá solamente puedan abrirse hacia la Casa Blanca.

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