En enero de 2023, Lindsay Clancy, una enfermera de Massachusetts, estranguló a sus tres hijos, de cinco años, tres años y ocho meses, en el sótano de su casa. Después intentó suicidarse arrojándose desde un segundo piso. Su marido regresó a casa, encontró a los niños y llamó al 911. Clancy fue acusada del asesinato de sus tres hijos y se declaró inocente.
La defensa sostiene que en el momento de los hechos, padecía psicosis posparto, que es una emergencia psiquiátrica durante la que pueden aparecer alucinaciones, delirios, pensamientos desorganizados, insomnio, cambios extremos de ánimo y una pérdida de contacto con la realidad. Según la defensa, Clancy escuchaba una voz que le ordenaba matar a sus hijos para después suicidarse. La pregunta para determinar su culpabilidad jurídica es si ese estado mental afectaba su capacidad para comprender sus actos y distinguir el bien del mal. Pero también hay que preguntarse qué pasó en los meses anteriores para que las señales de alarma no fueran suficientes para protegerla a ella y a sus hijos.
La OMS calcula que un 15 por ciento de las mujeres padece depresión posparto a nivel global. La prevalencia en México va del 13 al 24 por ciento. El 75 por ciento de las mujeres que la padecen no son diagnosticadas ni reciben tratamiento.
La psicosis posparto es mucho menos frecuente, alrededor de una o dos mujeres por cada mil partos, pero constituye una emergencia psiquiátrica que requiere atención inmediata. El riesgo aumenta en mujeres con antecedentes psiquiátricos, entre ellos el trastorno bipolar. En el caso de Clancy, según lo expuesto públicamente durante el proceso, hubo señales preocupantes: pensamientos suicidas, miedo de hacer daño a sus hijos, deterioro de su estado mental, insomnio. Recibió atención psiquiátrica mediante telemedicina y sus recetas fueron modificadas muchas veces. También acudió a urgencias y pidió ser internada porque temía lastimar a sus hijos, pero sólo fue hospitalizada una vez. La tragedia ocurrió 19 días después de ser dada de alta.
Aunque el caso de Clancy no representa la norma, abre una discusión muy importante sobre la indiferencia o la falta de seriedad con la que se atienden los padecimientos de las madres, quizá porque se espera que sean capaces de cuidar a sus hijos aunque se estén desmoronando. La vergüenza, la culpa y el miedo a ser considerada una mala madre hacen muy difícil pedir ayuda, que además no tiene la calidad necesaria cuando se recibe. Este caso nos obliga a pensar en la salud perinatal como un problema de salud pública y también como una responsabilidad colectiva. Habría que creerle a una mujer que dice tener miedo de sí misma y de dañar a sus hijos y tomar en serio su sufrimiento.
La escritora y activista Susan Sontag escribió sobre la enfermedad y la sociedad, que la enfermedad es una metáfora, una manera de revelar aquello que una cultura prefiere no mirar. Al exigir maternidades fuertes y perfectas, se abandona a las mujeres en su sufrimiento, el agotamiento extremo se considera lo normal y se les niega el derecho a la ambivalencia respecto de sus hijos al interpretarlo como una falla moral. La maternidad se convierte en una experiencia de entrega ilimitada. La psicoanalista Jessica Benjamin dice que la madre no es solamente el objeto de las necesidades del hijo, she is, in fact, another subject, otro sujeto, una persona con una vida psíquica propia. Benjamin advierte que una madre demasiado deprimida por su aislamiento difícilmente puede sostener emocionalmente a su hijo. Para que una madre pueda cuidar, también necesita ser cuidada.
Quizá una de las formas más silenciosas de violencia contra las mujeres sea exigirles que soporten su sufrimiento mientras cumplan con su función de cuidar. La tragedia de Lindsay Clancy nos obliga a pensar qué significa acompañar a una mujer en uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de su vida.
El silencio maternoValeria Villa
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