PUNTO CIEGO

Que nadie se equivoque

Daniel Santos Flores. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Especial

En 1934, Plutarco Elías Calles creyó que había colocado a otro presidente.

Lázaro Cárdenas llegó con el respaldo del pueblo y del llamado Jefe Máximo. Durante meses convivieron dos poderes: el del hombre sentado en la silla presidencial y el del hombre que todavía creía mandar detrás de ella. Eso sucedió hasta que Cárdenas ejerció un acto de autoridad, porque una cosa es ayudar a construir una sucesión y otra pretender administrar al sucesor. En abril de 1936, Calles salió del país rumbo a Estados Unidos y el Maximato terminó. Así, sin más.

Con esto no busco encontrar paralelismos, sino recalcar que un proceso de sucesión termina cuando quien recibe el poder comienza a ejercerlo. Por eso creo que es importante leer, bajo esa lógica, una de las frases más fuertes que Claudia Sheinbaum dijo durante su informe: “Que nadie se equivoque: aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos; lo único que hay es la defensa del pueblo de México y su dignidad”. Y es que quien crea que era un mensaje para demostrar unidad al público, se equivoca. Veamos esto: no estuvo Andy López, no estuvo Adán Augusto López, ni Gerardo Fernández Noroña, o sea, ninguno de los personajes más cercanos al círculo del expresidente. Sus sillas vacías encontraron el eco de las palabras de la Presidenta.

Por eso creo que cuando Claudia Sheinbaum dice “que nadie se equivoque”, no está tratando de lanzar mensajes de unidad, menos sabiendo que esos lugares estaban vacíos. Lo que hizo fue advertirles que no confundan unidad con impunidad, ni continuidad con subordinación. No les dijo que reniega del movimiento que la llevó al poder; les dijo, palabras más, palabras menos, que el hecho de estar en el mismo movimiento no obliga a su gobierno ni a ella a cargar con sus errores, desplantes, ínfulas, investigaciones o responsabilidades, y menos a que su cercanía con López Obrador los blinde. Es aquí donde cobran relevancia las últimas palabras de esa frase pronunciada con mucho carácter: “Lo único que hay es la defensa del pueblo de México y su dignidad”. Ahí estableció y dejó clara su postura. Primero está el país y después cualquier amistad, parentesco, compromiso político o deuda con quienes formaron parte del gobierno anterior. Si alguno cometió un delito, tendrá que responder; si alguno se convirtió en un problema para el Gobierno, tendrá que asumir el costo, y si alguien esperaba que Claudia sacrificara sus propios bonos, la estabilidad de su administración o incluso la relación con otros gobiernos para defenderlos, probablemente no ha entendido lo que está pasando.

Ése es el cambio que algunos, dentro del obradorismo, todavía no terminan de procesar. Claudia Sheinbaum no necesita enfrentarse públicamente con López Obrador para acotar el poder de quienes crecieron alrededor de él. Puede reconocer su legado, mantener unido al movimiento y, al mismo tiempo, dejar sin protección política a quien se convierta en un lastre para su gobierno y a quienes todavía se atrevan a desafiarla. De hecho, hacerlo así puede resultar mucho más efectivo que una ruptura frontal, porque no genera dos bandos ni convierte a nadie en víctima; simplemente establece que el poder cambió de manos y que las viejas cercanías ya no producen automáticamente los mismos privilegios.

Calles terminó entendiendo que haber contribuido a construir una Presidencia no significaba conservar derechos sobre ella. Salvando todas las distancias históricas, quizá algunos dentro del obradorismo deban entender exactamente eso con Claudia.

Reenviado

Tal vez hoy completaron aquella frase con estas palabras: “Que nadie se equivoque, no hay rompimiento, pero tampoco hay obligación de salvar a nadie, seas quien seas, te creas lo que te creas o hayas hecho lo que hayas hecho”.

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