Los mítines tienen su dosis de lo incontrolable. Las posibilidades de gritos y sombrerazos forman parte de las reuniones mismas.
A la Presidenta no le gusta que la interrumpan. Se nota en la mañanera y en los mítines. Son ya varias las ocasiones en que es interrumpida, sin saber si se trata de boicotear sus participaciones, o más bien forman parte de demandas que afectan a los ciudadanos.
El fin de semana volvió a suceder y volvió a responder de manera más severa que en otras ocasiones. Esta vez las cosas crecieron en cuanto a los ánimos, porque la Presidenta contestó claramente con molestia.
Acabó acusando a los manifestantes de ser del PRIAN sin permitir en lo más mínimo que hubiera un intento, al menos, de entendimiento que pudiera permitir que al final de la reunión los quejosos fueran recibidos por alguien de su equipo.
La protesta de los manifestantes se debió a una inconformidad respecto a las obras que se van a hacer en el Puerto de Manzanillo. De entrada, parece un asunto a atenderse, porque es una demanda que cae en los terrenos que, según dijeron los quejosos, afecta a algunos ciudadanos.
Las cosas pudieron ser delicadas, porque entre los manifestantes y los seguidores de la Presidenta se caldearon los ánimos a tal grado que poco faltó para que se enfrentaran. De manera cuestionable, le hicieron quitar un altavoz a una ciudadana que estaba protestando parada en una silla.
No se puede soslayar que en muchos lugares del país existen signos de confrontación. No se generaliza porque la Presidenta y su partido tienen altos niveles de popularidad que, en algún sentido, les permite moverse, hasta cierto punto, con seguridad y tranquilidad.
Sin embargo, el Gobierno no puede remitir todo a que quienes protestan lo único que intentan es reventar los mítines. Hacerlo es mantenerse en los terrenos bajo los cuales nos hemos movido los últimos ocho años, en que el Gobierno no dialoga nunca con los opositores, sin importar quiénes sean, ya sea de partidos políticos u organizaciones sociales.
Lo que hizo López Obrador es la prueba manifiesta de todo ello. Para no olvidarse, está la acusación a madres y padres de hijos con cáncer de golpistas, a través del personaje protegido por el expresidente y quien le pagamos su estancia en Europa, entre muchos otros casos.
La Presidenta le ha bajado algunas rayitas a esto. Pero a pesar de ello, no habla con los que piensan diferente y en muchas ocasiones en las mismísimas mañaneras se aprecian tonos de intolerancia que, presumimos, podrían deberse a la idea de que al tener mayoría y gobernar buena parte del país no tiene por qué hacerlo.
Es cierto que muchas de las cosas que pasan en el país se ven con ojos centralistas y que en muchos lugares la Presidenta y Morena se mueven a sus anchas, pero también es cierto que ha ido creciendo un alto nivel crítico e inconformidades que el Gobierno no puede soslayar amparándose en su popularidad.
No está en tela de juicio la fuerza de la Presidenta, lo que se cuestiona es la forma en que gobierna cuando se trata de quienes piensan diferente. No puede todo remitirse a administrar las diferencias en el oficialismo. La oposición existe y no puede pensarse que sólo está en los partidos, los cuales son vistos con desdén, lo que no es una tendencia únicamente nacional. Hay una crisis en la democracia por la representatividad y por el papel de los partidos.
La Presidenta va a seguir enfrentando inconformidades en sus mítines, por más que los organizadores lo traten de evitar. Lo que es importante es que se tomen en cuenta las inconformidades y críticas a pesar de que “estorben” para gobernar. Tienen que ver con la libertad y vida misma de muchos ciudadanos.
RESQUICIOS.
Trump le sigue cambiando de nombre a todo lo que le parece que no tiene que ver con su país. Le quiere llamar a Nuevo México, Nueva América, y al estrecho de Ormuz, el estrecho Trump. Urge que llegue a la Casa Blanca un mínimo de prudencia y sensatez.
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