Imaginar a alguien entrando a un domicilio, matar a una niña de tres años, a la esposa de su socio embarazada de cuatro meses, a su socio, a la trabajadora del hogar y hasta al perro, a sangre fría, y después de ese multihomicidio todavía irse a comer unos tacos es escalofriante.
¿Qué puede haber en la mente de una persona como Diego Sebastián, el asesino de Jonathan, tecladista del grupo Camilo Séptimo, y de toda su familia?
¿Cómo funciona la mente de alguien capaz de ejercer una violencia de esa magnitud y después aparentemente continuar con su vida?
Hace un par de años entrevisté a la doctora Feggy Ostrosky Solís, quien acababa de escribir Mentes asesinas. La violencia en tu cerebro. Un libro que hoy está más vigente que nunca.
SIN EMPATÍA
Ostrosky dedicó buena parte de su vida profesional a intentar responder precisamente esa pregunta: qué sucede en el cerebro y en las emociones de una persona capaz de matar.
Como directora del Laboratorio de Neuropsicología y Psicofisiología de la Facultad de Psicología de la UNAM, estudió directamente a algunos de los criminales más peligrosos de México. Entre ellos, Diego Santoy Riveroll, Juana Barraza Samperio, La Mataviejitas, y el llamado Caníbal de Atizapán.
Registró su actividad cerebral, estudió cómo procesaban el miedo, el enojo, la alegría y, sobre todo, el dolor de los demás. Y ahí encontró una de las claves para entender algunas mentes criminales: la ausencia o alteración de la respuesta empática.
Los seres humanos, me explicaba Ostrosky, estamos preparados como especie para reaccionar ante el sufrimiento de otra persona. “Si tú ves a alguien que se cortó el pie, muchas veces dices: ‘Ay, me dolió’. Estamos programados como especie para sentir el dolor de los demás, para sentir empatía”.
Es un mecanismo elemental. Vemos sufrir a alguien y algo sucede también dentro de nosotros. Ese dolor ajeno funciona como un freno.
Pero ¿qué ocurre cuando ese freno no funciona de la misma manera? Eso fue precisamente lo que Ostrosky encontró en algunos de los psicópatas que estudió. Les mostraba imágenes de dolor mientras registraba cómo reaccionaba su cerebro. “Les digo: ¿sientes algo con esto? Y me dicen: ‘No. A mí qué me importa’”.
No era solamente lo que decían. La actividad cerebral también mostraba diferencias.
“Los psicópatas no prenden las mismas áreas del cerebro. Tú tienes áreas del cerebro que se prenden ante el dolor, pero ellos no prenden esas áreas de la misma manera”.
¿Cómo puede una persona continuar golpeando, torturando o matando cuando tiene enfrente el sufrimiento de otro ser humano? Porque precisamente uno de los mecanismos que normalmente nos detendría puede estar funcionando de manera distinta.
Entonces, Ostrosky hacía que cambiara la perspectiva. En lugar de pedirles que pensaran en el sufrimiento de la víctima, les decía: “Imagínate que te está pasando a ti”. Y entonces el cerebro comenzaba a reaccionar.
“Cuando yo les enseño y les hago sentir como que les pasa a ellos, empiezan a prender áreas. No las prenden en automático; utilizan otras áreas”.
Es decir, podían comprender el dolor cuando el dolor era propio, aunque no necesariamente reaccionaban de la misma manera cuando pertenecía a otra persona.
Eso es fundamental para entender la psicopatía. No necesariamente significa que el psicópata desconozca qué es el miedo, la tristeza o el sufrimiento. Puede reconocerlos perfectamente. Incluso, puede aprender a utilizarlos para manipular a los demás. Lo que puede estar alterado es la respuesta emocional frente a esas emociones.
Por eso, explicaba Ostrosky, algunos psicópatas pueden resultar encantadores. Son verbales, asertivos, seductores y manipuladores. Pueden entender qué necesita escuchar la persona que tienen enfrente y decir las palabras correctas.
Y por eso también es tan difícil detectar a algún psicópata. Le pregunté a Feggy: ¿El psicópata nace o se hace?
Su respuesta fue contundente: “Las dos cosas”, me dijo. La doctora Ostrosky ha estudiado niños que desde edades muy tempranas sufrieron abusos terribles.
“Yo estudio cómo procesan emociones y puedo detectar rasgos de psicopatía, como esta falta de respuesta ante el miedo o ante la angustia, desde muy pequeños”.
Un niño sometido sistemáticamente al dolor puede aprender a desconectarse de él. “Si desde chico te enseñaron a no responder a ese dolor, entonces ese sistema de empatía ya no se va procesando adecuadamente”.
Pero no todos los grandes criminales que ha estudiado Ostrosky tenían detrás una historia de abuso suficientemente grave como para explicar su comportamiento. “Hay psicópatas en donde no veo nada en su historia de vida previa que me explicara por qué odian tanto”.
Y puso como ejemplo al Caníbal de Atizapán. Durante años asesinó mujeres. “En esta persona yo no vi nada en su historia de vida previa que me explicara por qué había ese odio”.
Por eso, Ostrosky Solís habla de una combinación entre aquello con lo que una persona puede nacer y aquello que el medio ambiente termina fomentando, inhibiendo o permitiendo que se exprese.
El cerebro funciona mediante sustancias químicas y complejos circuitos. Dopamina, serotonina y muchos otros neurotransmisores intervienen en nuestras emociones, impulsos, recompensas y conductas. Pero no existe una sustancia que por sí sola explique un asesinato. La mente criminal es mucho más compleja.
Muchos asesinos presentan rasgos de psicopatía, y no todos los psicópatas matan.
Se estima que en México podría haber más de 900 mil personas con niveles elevados de rasgos psicopáticos si extrapolamos estimaciones internacionales conservadoras.
Ostrosky Solís hablaba de psicópatas “exitosos” y “no exitosos”.
Los no exitosos son los que terminan en prisión. Los otros pueden vivir entre nosotros y pueden ser extraordinariamente funcionales.
Pueden ser tu jefe, tu pareja, tu socio o alguien con quien interactúas todos los días.
¿Cómo detectarlos?, le pregunté. Es muy difícil, me explicó. Porque precisamente pueden ser hábiles para leer las emociones de los demás y utilizar esa información a su favor.
No podemos esperar hasta que aparezca un cadáver para preguntarnos qué ocurrió en la mente del asesino.
Hay que estudiar la violencia mucho antes. Hay que detectar a los niños que no procesan adecuadamente el sufrimiento ajeno, que presentan una agresividad extrema o una desconexión emocional preocupante, no para estigmatizarlos, sino para intervenir y apoyarlos.
Detrás de cada mente criminal existe una historia distinta, en algunas encontraremos violencia, abandono y abuso, en otras, predisposiciones biológicas.
Pero entender cómo funciona una mente capaz de matar, sí puede ayudarnos a prevenir algunas tragedias.
Después de volver a leer esta entrevista con Feggy Ostrosky, quizá la pregunta más importante no sea qué pasa por la mente de un asesino después de matar. Es qué ocurrió en esa mente antes de hacerlo.
El segundo piso, casi listo
