BAJO SOSPECHA

México reprobado

Bibiana Belsasso. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Los resultados de la prueba PISA 2025 se dieron a conocer esta semana, son impresentables. Los estudiantes mexicanos de 15 años obtuvieron 414 puntos en ciencias, 408 en comprensión lectora y 388 en matemáticas. Los promedios de la OCDE fueron 482, 461 y 463. En la nueva área de resolución de problemas computacionales, México sacó 453 frente a 500.

De acuerdo con el Instituto Mexicano para la Competitividad, el país quedó en el lugar 37 de 38 países de la OCDE en ciencias y en comprensión lectora, penúltimo.

Estamos hablando de que siete de cada diez estudiantes mexicanos no alcanzaron el nivel mínimo de desempeño en matemáticas. La mitad tampoco lo alcanzó en lectura ni en ciencias. En el promedio de la OCDE, los que no llegan a ese piso en matemáticas son 35 por ciento. Aquí son 70.

REZAGO EDUCATIVO

México ha dejado de participar en 7 pruebas y evaluaciones educativas clave, nacionales e internacionales. ı Foto: Cuartoscuro

La propia OCDE calcula que una diferencia de unos 20 puntos equivale, más o menos, a un año de escolaridad. Con esa vara, el rezago de México frente al promedio de la organización va de dos años y medio a casi cuatro. Un estudiante mexicano de 15 años sale de la secundaria sabiendo lo que un finlandés o un coreano sabía a los 11 o 12.

Los jóvenes que presentaron la prueba PISA son los mismos que tuvieron la tragedia de estudiar su primaria con la Nueva Escuela Mexicana, sí, ésa que implementó López Obrador.

Son los peores puntajes de México en matemáticas y en lectura desde que existe registro comparable. En ciencias hubo cuatro puntos de mejora respecto de 2022, pero el país sigue cinco puntos por debajo de donde estaba en 2018.

Y México, además, está muy por debajo de los resultados de la región. En la región, Chile y Uruguay quedaron arriba de nosotros en las tres áreas. Uruguay sacó 445 en ciencias y 405 en matemáticas; Chile, 442 y 403. En lectura, Chile encabezó América Latina con 436 puntos. México, con 408, quedó debajo.

Arriba de todos, Singapur, con 535 puntos en lectura, y las jurisdicciones chinas, con 612 en matemáticas. Los niños chinos están a once años de escolaridad de diferencia con los niños mexicanos. Ésta, además, es la primera evaluación PISA que se aplica después de la implementación de la Nueva Escuela Mexicana.

Es cierto que PISA no mide todo. No evalúa la formación artística, ni la educación física, ni la educación socioemocional, ni la formación ética, ni los valores comunitarios, ni el aprecio por las culturas originarias. Nunca ha pretendido hacerlo.

Nadie está peleado con enseñarles a las niñas y los niños mexicanos el aprecio por las culturas de este país. Nadie está en contra de los valores comunitarios. Lo inaceptable es otra cosa: que en el formato de la llamada Nueva Escuela Mexicana se hayan dejado fuera aprendizajes fundamentales para el futuro de esos mismos estudiantes, como son las matemáticas, la lectoescritura y la computación.

¿Qué mide PISA? La capacidad de un joven de comprender un texto, de razonar matemáticamente y de usar conocimiento científico para analizar situaciones y resolver problemas. Eso no pertenece a un modelo económico, ni a una corriente ideológica, ni a una visión particular del mundo. Son capacidades humanas básicas.

Son las que permiten distinguir evidencia de opinión, aprender solos, participar en una sociedad democrática, entrar al mundo del trabajo.

En un entorno digital y marcado por la inteligencia artificial, son las que permiten buscar información, interpretar datos y usar críticamente la tecnología en lugar de ser usado por ella.

Hay algo más. México no tiene hoy ninguna otra evaluación nacional comparable que permita conocer periódicamente cómo evolucionan los aprendizajes. El Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación fue eliminado en 2019. Por eso PISA pesa tanto aquí: es casi lo único que queda. La respuesta a las limitaciones de PISA no debería tener menos información, sino tener más y mejores instrumentos para saber qué están aprendiendo nuestros estudiantes.

Lo cierto es que los responsables de esta debacle educativa tienen nombre y apellido. Empezaron con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y con los libros de texto gratuitos que coordinó Marx Arriaga Navarro, entonces director general de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública.

Para elaborarlos no se consultó a los especialistas en educación que correspondía consultar. Sí participaron, en cambio, quienes sabían de comunicación y de narrativa política. El resultado está a la vista en los números de arriba.

Uno de los personajes más deplorables ha sido Marx Arriaga, quien fue destituido en febrero de este año. Se atrincheró cuatro días en sus oficinas de Avenida Universidad alegando que no le habían notificado formalmente. En julio publicó en redes que la SEP no le había pagado su liquidación después de seis meses, que ya no podía con los intereses del banco y que estaba rematando su casa en Ciudad Juárez. Sus palabras: prefería regalarlo todo antes de que Santander se lo llevara.

Y quisieran todos estos niños mexicanos, a quienes les han robado la posibilidad de aspirar a un trabajo bien remunerado por las carencias educativas, tener algún día un sueldo como lo tuvo Marx Arriaga para destruir los libros de texto.

Con ideología no se pagan las hipotecas, ni el súper, ni las medicinas. Nadie contrata a nadie por su convicción política. Contratan a quien sabe leer, escribir y hacer cuentas. Eso es lo que no les están enseñando a nuestros niños.

Hoy más que nunca los estudiantes necesitan estar preparados para trabajar y vivir en un mundo global que puede darles mejores oportunidades. Pero pareciera que a quienes nos gobiernan les conviene un país sin preparación y sin futuro propio, donde la gente dependa de lo que se le entregue desde el Gobierno y así permanezca controlada.

Lo más grave de todo esto es que la educación de un país no se puede medir a corto plazo. Cuando por fin se vuelve medible, ya es demasiado tarde para corregir. Los jóvenes que presentaron esta prueba tienen 15 años. Ya no hay manera de devolverles la primaria.

Lo que se invierte o se deja de invertir en educación tarda años en mostrarse. Y cuando finalmente aparecen las consecuencias, muchas veces ya es demasiado tarde.

Hoy tenemos, por lo menos, una generación que ha perdido la posibilidad de recibir una educación competitiva. Un joven necesita saber leer y dominar matemáticas, aunque quiera ser carpintero, llevar sus propias cuentas o abrir una pequeña tienda.

Durante décadas, la educación pública fue una herramienta de movilidad social: un estudiante de escuela pública podía aspirar a competir por los mejores puestos. Hoy esa posibilidad se está cerrando. Al deteriorar la educación pública, nuestros gobernantes no sólo redujeron conocimientos: les quitaron oportunidades de futuro a millones de jóvenes mexicanos.

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