Más allá del valor que le quiera otorgar el Gobierno a la Prueba PISA, no puede responder de bote pronto con explicaciones o justificaciones buscando que desacrediten al examen por el cual paga cerca de 81 mdp.
No ha sido afortunada la respuesta inicial del gobierno. La reacción terminó aparejada con el resultado de la prueba. Cualquier proceso educativo parte de una mirada autocrítica, lo cual es una vertiente de las definiciones de los procesos educativos. Sin crítica, sin análisis y sin una revisión a profundidad de los temas que se debaten todo queda en generalidades lejanas a cualquier posibilidad de tener diagnósticos que permitan conocer el estado de las cosas.
La Prueba PISA no parte de ocurrencias. Se basa en un largo proceso de investigación que incluye la opinión de expertos de todos los países en que se aplica. Busca un diagnóstico que permita tomar medidas de utilidad en los procesos educativos de cada país.
No se trata de hacer señalamientos. No tiene otra intención que las naciones tengan referentes respecto a la educación en el mundo. El Gobierno mexicano, que desde hace años paga por la prueba, debería saber cuál es el fundamento de PISA. No se puede minimizar el resultado o desacreditarlo, porque si fuera diferente estarían haciendo fiesta.
Argumentos como que ante los exámenes “los niños se ponen nerviosos” lo único que hacen es aislar a los menores, quienes inevitablemente tienen desde temprana edad que enfrentar este tipo de retos como parte de su desarrollo, las madres y padres de los menores lo saben en carne propia.
Lo que aparece es la poca disponibilidad del gobierno ante la crítica. Pareciera que siempre la responsabilidad es externa y que el Gobierno es sujeto a una crítica improcedente, derivada de confrontaciones políticas e ideológicas.
Lo que ha venido pasando en las últimas semanas en los hospitales públicos es una evidencia de que las cosas en el sector salud caminan de manera desigual. No se puede generalizar que las cosas van mal, pero abstraerse de PISA y de las cuestionadas condiciones de trabajo para el personal de las clínicas y hospitales no tiene sentido. Esto significa que el diagnóstico de las autoridades es equivocado o de plano discrecional.
Lo mismo sucede con las obras emblemáticas del pasado sexenio que se siguen apoyando de manera incondicional sin hacer un análisis sobre ellas. El Gobierno tiene que preguntarse qué hacer con el Tren Maya, el cual funciona al 20%; qué hacer con la refinería Dos Bocas que está sólo al 42% de su actividad; qué hacer con el Tren Interoceánico que desde el accidente del año pasado no ha sido puesto en marcha y qué hacer con el AIFA, el cual está muy lejos de la actividad que tanto presumió López Obrador, entre otros asuntos a considerar.
Con la educación nos puede pasar algo que tenga que ver con esto. Si no hay un cambio de rumbo en algunas de sus áreas los resultados van a ser los mismos, con Prueba PISA o sin ella. No podemos ver el problema, como si no fuera propio.
En España también se aplicó la prueba, la cual coloca al país en el lugar 32, a nivel mundial, México está en el 63. La reacción española ha sido feroz. Nadie puso en duda a PISA y algunos diarios como El País titularon su edición de ayer con un contundente: “La educación toca fondo”.
Nadie está atacando al régimen. Estamos ante un examen que merece atención y que debe ser un llamado severo a preguntarnos por dónde va la educación. Se dieron pasos al inicio del sexenio cambiando algunos elementos de los libros de texto, pero es evidente que el asunto requiere cirugía mayor.
RESQUICIOS.
Marco Rubio mandó un nuevo mensaje para México sobre narcotráfico, sus nexos con gobiernos y el control territorial. Si se quiere se puede interpretar como un ataque a la 4T. Lo que hay que preguntarse es si lo que dice tiene que ver con lo que el suspirante presidencial plantea; no vaya a ser que de nuevo insistamos en que el problema es externo.
México reprobado
