En los deleites del cine universal, muchos ni sabemos que existen, está la filmografía de un director que es imperdible. El finlandés Aki Kaurismäki (Orimattila, 1957) comenzó a dirigir películas desde principios de los años 80 y no ha dejado de entretenernos y conmovernos con una voz artística única e irreverente.
Es autor de un cine que observa a la condición humana, en muchas ocasiones en sus peores momentos, y es capaz de pintar un retrato audiovisual exuberante; alimentado por un extraordinario sentido del humor y una sensibilidad que rompe con el melodrama y evidencia a la fascinante complejidad del ser humano.
Finlandia es país integrante de la península escandinava. Tiene fronteras al oeste con Suecia, al este con Rusia y al norte con Noruega. Por el oeste y el sur está rodeada por el mar Báltico. La capital y la ciudad más importante del país es Helsinki. Es la séptima nación más extensa de Europa. Finlandia fue parte de Suecia hasta 1809, cuando fue anexionada por el Imperio Ruso, y se convirtió en el gran ducado de Finlandia. En 1917 obtuvo su independencia.

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A pesar de algunas recesiones económicas relevantes en las décadas de los años 80 y 90, es hoy en día una de las economías más estables y avanzadas del mundo.
Kaurismäki ha sido invariablemente un perspicaz cronista de la clase trabajadora y del proletariado contemporáneo finlandés. Sus cintas retratan a mujeres y a hombres vinculados a una forma de vida regida por circunstancias tanto adversas como precarias. Siempre con un guiño burlesco y melancólico. Todo esto no merma la singular mirada de Kaurismäki, ya que sus personajes se desenvuelven en un mundo de muchas aristas, donde coexiste el amor, la nobleza, el exceso, el idealismo, los sueños personales llegando hasta la tragedia.
La vida de un bohemio (1992), filmada en su totalidad en París, es un modelo inspirado de todos estos ingredientes que complementan su repertorio creativo.
Tres artistas, Rodolfo (Matti Pellonpaa), Marcel (André Wilms) y Schaunard (Kari Vaananen) acaban viviendo, bajo circunstancias muy particulares, en el mismo departamento diminuto en la calle Rue de la Vallée, periferia de la capital francesa, y sus vidas se entrelazan de una manera que ninguno de ellos se podría imaginar. Un pintor, un escritor y un músico, los tres con delirios de grandeza, tal vez con talentos ocultos que no acaban ellos mismos de comprender, forjan una premisa sobre lo que significa ser artista, sobre lo que es vivir bajo una doctrina autoimpuesta donde el arte no sólo es una profesión es una razón de ser.
Navegando entre pasajes encantadores, amargos y poéticos, Kaurismäki encuentra la forma de darle una justicia divina a sus personajes, moldeando una meditación espléndida sobre el anhelo de vivir la vida como un soñador, un verdadero bohemio, en la teoría y en la práctica, sin importar a qué rincones de la existencia te arrojan las peripecias del existir. Es en una sola palabra, devastadora y hermosa, una impresión agridulce.
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