HABLANDO DE DERECHOS

La independencia también se escribe en femenino

Jacqueline L'Hoist Tapia
Jacqueline L'Hoist Tapia Foto: larazondemexico

Cada septiembre, México vuelve a contar la historia de su Independencia con los mismos nombres masculinos al frente: Hidalgo, Morelos, Guerrero y Allende. Pero esa narración, repetida en los libros de texto, los adornos patrios y la ceremonia del Grito, está incompleta.

Durante demasiado tiempo se nos enseñó a pensar que la patria fue concebida, defendida y construida casi exclusivamente por hombres. El feminismo nos obliga a mirar de nuevo y a formular una pregunta incómoda: ¿cuántas mujeres tuvieron que ser borradas para que esa versión de la historia pareciera natural?

Las mujeres participaron como insurgentes, conspiradoras, mensajeras, espías, enfermeras, financiadoras y organizadoras. Pusieron sus casas, sus recursos y sus redes al servicio de la causa; muchas arriesgaron la libertad, la integridad y la vida. Josefa Ortiz, Leona Vicario y Gertrudis Bocanegra son los nombres más conocidos, pero no fueron excepciones aisladas. Junto a ellas hubo cientos de mujeres anónimas cuya intervención resultó indispensable. Reconocerlas no es añadir una nota al pie en una historia ya escrita: es corregir una memoria nacional que convirtió el trabajo femenino en apoyo secundario, aun cuando sostuvo la lucha.

La contradicción es evidente: ellas ayudaron a construir un país independiente en una época en la que no podían ser plenamente independientes. La nueva nación conservó intactas muchas jerarquías de género. A las mujeres se les siguió confinando a los papeles de madres, esposas, hijas y cuidadoras, mientras la ciudadanía, la participación política, la educación y la autonomía económica permanecían fuera de su alcance. La patria aceptó su sacrificio, pero no les reconoció el mismo derecho a decidir su destino.

Por eso, cuando hablamos de independencia desde una perspectiva feminista, no basta con celebrar la ruptura del dominio colonial. También debemos preguntarnos quién puede vivir con autonomía dentro del país que surgió de aquella lucha. Hoy las mujeres podemos estudiar, votar, trabajar, emprender y ocupar espacios de poder, pero esos avances conviven con desigualdades persistentes: la sobrecarga de cuidados y tareas domésticas, la brecha salarial, la violencia y los prejuicios que cuestionan nuestra autoridad. Tener derechos reconocidos no significa que todas puedan ejercerlos en condiciones de igualdad.

Ser una mujer independiente no significa proclamar que no necesitamos a nadie. Significa contar con condiciones reales para elegir sobre nuestro cuerpo, la maternidad, el trabajo, tiempo y el proyecto de vida. Significa que los cuidados se compartan, que la violencia no limite nuestros pasos y que ninguna decisión dependa de la obediencia económica, familiar o social.

Este septiembre, además de nombrar a las mujeres que hicieron posible la Independencia, tendríamos que asumir la deuda que México mantiene con ellas y con nosotras. Una nación no puede llamarse verdaderamente independiente mientras la autonomía de la mitad de su población siga siendo una promesa pendiente.

Temas:

Google Reviews