LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Ideales de pureza

Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

En lenguaje freudiano, el ideal de pureza es una formación reactiva superyoica para defender al sujeto de los impulsos del ello. Mientras más pureza exija la parte estricta y castigadora de la personalidad, se pueden suponer más impulsos agresivos y destructivos, que se intentan contener.

Pretender pureza, del tipo que sea, es una ilusión y una defensa neurótica contra la ambivalencia que nos constituye. No hay sujeto puro. Estamos habitados por pulsiones contrarias a nuestros ideales conscientes. Nos gusta pensar que estamos del lado correcto de la historia y esta idea nos engrandece frente a nosotros y frente a la comunidad. El performance de las ideas que se hace en redes sociales es un acto exhibicionista para ocupar un lugar más alto en la defensa de lo correcto y de la verdad. Parte de la patología de la época es ser incapaces de matizar sobre los asuntos, desde los más banales hasta los más relevantes, como tomar una postura sobre el muy largo y sangriento conflicto entre palestinos e israelíes, que cobró nuevas y horrorosas dimensiones después del 7 de octubre de 2023.

La cultura contemporánea, especialmente mediante el fenómeno de la cancelación, ha instaurado una demanda de pureza moral absoluta que opera bajo una lógica punitiva. El vigilar y castigar de Foucault llevado a la arena del debate público. Cancelar a otro sujeto, a otra persona, no es un signo de progreso ético y sí una manifestación de una moral que se devora toda posibilidad de diálogo. El argumento es que hay límites éticos que no se pueden cruzar y gente con ideas deleznables con las que no se quiere convivir ni mezclarse. De los dos lados se arman los gritos: o eres un negacionista del genocidio palestino o eres un antisemita. La realidad de este conflicto es bastante más caótica y compleja de como nos gustaría que fuera. La única señal de progreso ético en un mundo como el de hoy, radicalizado, sería defender e incluir la diversidad de pensamiento.

La división tajante del mundo, entre puros e impuros, puede afectar a cualquiera: Judith Butler se equivocó en sus declaraciones después del 7 de octubre del 2023, pero fue capaz de corregirse y matizar. Ariana Harwicz ha expresado opiniones radicales que no ha matizado, entre otras, que no ocurre un genocidio en Palestina, razón por la que fue excluida del festival de artes en Granada. Ahora acusa antisemitismo, dice haber sido excluida por ser judía. La explicación expresa de los organizadores del festival hace referencia a sus ideas y no a su origen étnico. En cualquier caso, lo único que podría salvarnos de la intolerancia es soportar el debate hasta con aquellos con los que no estamos de acuerdo.

Es absurdo negar nuestra ambivalencia. Sentimos amor y odio y estamos llenos de prejuicios. También estamos convencidos de nuestras verdades y nos duele la crítica. Nuestras zonas oscuras y horrendas son puestas afuera, en la figura del cancelado.

Tal vez los organizadores y algunos participantes del festival de Granada se sientan más tranquilos de no tener a Harwicz en el programa, pero más puros y más éticos no son.

Todos nos equivocamos, en lo pequeño y en lo grande, pero exigimos en los otros una coherencia impecable, sin fisuras de ningún tipo.

Los lazos sociales se construyen mediante la palabra y el perdón. Al cancelar, se busca borrar a alguien simbólicamente. Que ésas sean las consecuencias de la libertad de expresión es un largo y complicado debate que habría que tener.

Me parecen excesivos los dos lados de esta historia. Desinvitar es un exceso, aunque un derecho del comité organizador. Defender a la desinvitada también es un derecho. Nunca está toda la verdad y toda la razón en un solo lugar, pero se nos olvida.

La cultura de hoy confunde ética, que contempla la falta, el error y la responsabilidad, con el moralismo puritano, que exige el sacrificio de un sujeto en favor de un ideal.

Es más difícil asumir nuestra propia hostilidad y contradicciones internas que sacrificar individuos en el altar de la pureza.

Dicho todo lo anterior, seguiré leyendo y admirando a Rita Segato y a Piedad Bonnett.

Ideales de purezaValeria Villa

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