Las elecciones intermedias en Estados Unidos, bajo un sistema presidencialista y federal como el de esa república, no deben ser sobreestimadas. La derecha republicana puede recuperarse en la contienda presidencial de 2028, si algún o alguna sucesora de Donald Trump hace una buena campaña y, sobre todo, si el propio Trump no la boicotea.
Pero el golpe a la derecha republicana en estas elecciones es indudable. También es un golpe, y tal vez más decisivo aún, al trumpismo como corriente global. Lo que Trump aporta al nuevo derechismo mundial es, fundamentalmente, el aval de la superpotencia planetaria. Ideológicamente, es muy poco lo que Alice Weidel y Marine Le Pen deben a Trump.
En América Latina, como ha podido verse en Perú y Chile, Brasil o Ecuador, el trumpismo puede ser un lastre como aliado de las nuevas derechas. La incorrección política de Trump potencia liderazgos como los de Javier Milei en Argentina o Abelardo de la Espriella en Colombia, pero no necesariamente, o no todo el tiempo, los de Nayib Bukele en El Salvador o José Antonio Kast en Chile.

Versión Impresa, 07 de Octubre 2026
Se dice que las derrotas de Flávio Bolsonaro en Brasil y los republicanos en Estados Unidos ponen freno a la derecha global. A la vista de la fuerza electoral que demuestran las derechas en Europa y América Latina, el razonamiento no sería del todo válido. El encuadre geopolítico que provoca el triunfo de los demócratas no tiene que traducirse, a fuerzas, en un retroceso del neoconservadurismo a nivel global.
La historia indica que las derechas latinoamericanas se han entendido perfectamente con republicanos o con demócratas en Estados Unidos. Donald Trump y, sobre todo, Marco Rubio seguirán conduciendo la política exterior de Estados Unidos. La pérdida de mayoría en el Congreso, sin embargo, puede limitar presupuestal y políticamente prioridades de la diplomacia en la región como el Escudo de las Américas y la Doctrina Donroe.
Es evidente que la política exterior ha sido uno de los costos de los republicanos en estas elecciones. Buena parte de la ciudadanía estadounidense no entiende cómo un presidente que hizo campaña en nombre del aislacionismo se lanzó a una guerra contra Irán. No es suficiente para ese electorado la alianza con Israel, ni el paradigma del cambio de régimen o de la transición a la democracia, que Trump ha rechazado tantas veces en otros contextos.
Más sentido hace, a ese electorado, el entendimiento con el gobierno de Delcy Rodríguez en Venezuela, ya que le permite a Trump presumir de los nuevos ingresos petroleros en medio de la crisis energética. También sigue haciendo sentido, en el electorado específicamente cubanoamericano, que logró reelegir a sus representantes en el Congreso, la promesa de una próxima “liberación de Cuba”.
Pero estas elecciones generan, ante todo, un efecto de contención sobre el avance del racismo, la xenofobia y la línea antimigrante, especialmente antilatina, de la actual administración estadounidense. El triunfo de gobernadores demócratas en los estados fronterizos con México y la llegada al congreso de más de sesenta legisladores hispanos son las evidencias más claras del giro antirracista que está dando la política estadounidense.
Para las relaciones entre Estados Unidos, México y América Latina se trata de una excelente noticia, aunque de efecto no inmediato en la región. El declive del trumpismo pasará factura a los actuales liderazgos de derecha, que utilizaron las buenas relaciones con Washington para apuntalar estrategias de militarización, seguridad nacional y más o menos abierto autoritarismo.
No se verá pronto el cambio, pero en la medida en que se acerque el fin del periodo presidencial de Trump, muy probablemente la política latinoamericana y caribeña dará señales de un reacomodo. Ojalá que en esa nueva fase no se repitan los errores del primer cuarto del siglo XXI, que todavía sufragan nuestras sociedades.

Hugo Aguilar atiende el paro

