Hace tan sólo dos años, después del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2024, el presidente de Estados Unidos y su aliado Benjamin Netanyahu llegaron triunfantes a las Naciones Unidas. El primero de ellos, amenazante y con el aura de legitimidad que su victoria contundente le concedía, prometió, entre otras cosas, detener a Irán en su intento por obtener un arma nuclear; el segundo utilizó esta plataforma para convencer al presidente Trump, como trató de convencer a cuatro de sus predecesores, de que la única manera de lograr este objetivo era mediante una operación militar conjunta y masiva contra el régimen en Teherán.
Ahora, dos años después, los dos líderes, habiendo cumplido sus amenazas y lanzándose a una guerra sin pies ni cabeza contra Irán que terminaría en un rotundo fracaso, llegaron de nuevo al púlpito de la Asamblea General, ya no fuertes, mucho menos como vencedores, sino a tratar de convencer no ya a los líderes internacionales, que saben bien del fracaso de esta operación, sino a su público, a sus bases políticas, de que esta guerra no fue un fracaso, sino un logro. Todo esto de cara a las elecciones de medio término en Estados Unidos este noviembre y las elecciones generales en Israel en octubre, dos elecciones que estos líderes podrían, según las encuestas, perder.
El fracaso no era destino, sino más bien fue resultado de la arrogancia de dos líderes para quienes su lugar en la historia y su supervivencia política están por encima del interés nacional e incluso del sentido común. Unos pocos meses antes de la aventura en Irán, el panorama político en el Medio Oriente era diametralmente distinto. Después de una guerra corta, en la que, en 12 días, en un esfuerzo militar conjunto, Estados Unidos e Israel causaron fuertes daños a la infraestructura nuclear iraní, y con el régimen en Irán enfrentándose a las mayores manifestaciones en su contra en su historia, Trump y Netanyahu, a pesar de la debacle en Gaza, aún contaban con legitimidad en la arena internacional y, sobre todo, sus amenazas eran tomadas en serio en el Medio Oriente. Ahora, después de que Irán derrotara a Estados Unidos con drones de bajo costo, eliminara sus bases en la región y tomara con facilidad el control del estrecho de Ormuz, el régimen, fortalecido, no le teme más a estos líderes. Cuando antier Trump salió a amenazar con destruir por completo a Irán, y Netanyahu, el día de ayer, prometió que Irán nunca tendrá un arma nuclear, estas palabras no resonaron en Teherán.
Lo que le resta a ambos líderes, después de la derrota estratégica más grande de sus historias políticas, y tal vez de la historia de sus países, por lo menos en las últimas décadas, es tratar de convencer a sus seguidores de que existe una realidad paralela. Una en donde los medios o los enemigos de Israel los acusan falsamente de haber fracasado, sin importar que el régimen de los ayatolás siga en pie, Ormuz permanezca cerrado, los precios de la gasolina y el diésel estén por los cielos y el uranio enriquecido continúe en suelo iraní.
Ilusión de 10
