ANTROPOCENO

¿Partidos políticos masculinistas?

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Hace 50 años teníamos a las vaqueritas de Dallas, rubias y despampanantes, lo mismo en un póster en un taller mecánico que en la recámara de un niño de clase media católica. Yo dormía junto a uno de ellas y otro de Farrah Fawcett. Nadie necesitaba explicar aquella cultura visual. Las mujeres eran parte del espectáculo que las convertía en objetos de consumo.

Aquella lógica reaparece en la política. Hombres políticos y comentaristas de agenda masculinista celebran que Sydney Sweeney esté de moda y convierten el fenómeno en una declaración ideológica: basta, dicen, de cuerpos “alternativos” en la publicidad. Basta de wokismo. No se trata ya sólo de preferencias estéticas. La belleza femenina regresa como marcador político: una candidata fotogénica se convierte en la favorita de los votantes hombres conservadores; otra, es estigmatizada como “mujer fácil” o “vampiresa”.

Ante una ley electoral que no favorece los contenidos y los debates, sino la publicidad, en México la política se está hibridando con el espectáculo. Sus protagonistas ideales son candidatos que dominan TikTok, reproducen gestos, poses y códigos de las celebridades.

Es paradójico que, durante el primer gobierno feminista de la historia de México, hombres rencorosos de la emancipación de la mujer se conviertan en el fiel de la balanza: propulsen a una mujer por su apariencia, tanto o más que por sus ideas, pero hacen escarnio de otra en una “quema de brujas” posmoderna.

Ante las elecciones intermedias de 2027, todos los partidos están calculando cómo ganar el voto de esos hombres nostálgicos del machismo perdido.

Desde luego, no todo el que celebra la derrota de Andrea Chávez en Chihuahua o que simpatiza con Alessandra Rojo de la Vega es un masculinista o incel. Sería una caricatura decirlo. Pero es interesante observar la conducta de los votantes hombres tradicionalistas que, sólo en el caso de las mujeres candidatas, dan tanto peso a la apariencia física, ya sea para apoyar o descartar opciones. Es una derrota cultural.

La política-espectáculo consigue así algo que la democracia deliberativa difícilmente puede ofrecer: convertir la apariencia de las mujeres en un campo de batalla ideológico. La cuestión para los partidos políticos pragmáticos ya no es solamente con qué agenda se lanzan en campaña. También es qué mujeres son apoyadas por cuántos viejos masculinistas y cuáles son repudiadas por ellos.

Por mi parte, coincido con la scala amoris de Platón —explicada en El Banquete—, en que es inmaduro darle demasiada importancia a paradigmas estrechos de belleza física. En la juventud, juzgamos a una persona principalmente por la forma de su nariz o por sus senos. Luego, más grandes, reconocemos la belleza presente en cada cuerpo. Y, para el sabio, llega a ser natural apreciar a los demás por sus convicciones y virtudes. ¿Platón era woke? En cierta forma sí.

Al menos, llamémosles a las cosas por su nombre y, a los partidos políticos que abusen de la vía fácil de la política-espectáculo, denunciémoslos como reacciones masculinistas, a veces, incluso, incel. Sí se puede. Recordemos cómo la Presidenta Sheinbaum le dijo al Chicharito, con éxito: ¡ubícate!

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