EL ESPEJO

El péndulo y la polarización brasileña

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Brasil despertó hoy sabiendo que tendrá que votar otra vez en tres semanas. El péndulo parece que volverá a la extrema derecha, después de años de una política brasileña deformada por la corrupción, el populismo y la polarización.

Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, terminó la primera vuelta por delante de Luiz Inácio Lula da Silva, pero sin alcanzar más de 50 por ciento de los votos que necesitaba para ganar la presidencia en esta elección. Los dos volverán a enfrentarse el 25 de octubre. Difícilmente podrían representar polos más alejados y, al mismo tiempo, una historia más entrelazada.

Hace ocho años, cuando Jair Bolsonaro ganó la presidencia, Lula estaba en prisión. Había sido condenado por corrupción y lavado de dinero dentro de la Operación Lava Jato, que destapó una gigantesca red de corrupción y sobornos alrededor de Petrobras y constructoras como Odebrecht. Antes, el escándalo del Mensalão ya había revelado pagos ilegales a legisladores para sostener políticamente al gobierno del Partido de los Trabajadores de Lula.

Las condenas contra Lula fueron anuladas en 2021 porque el Supremo Tribunal Federal determinó que el tribunal que lo juzgó no era competente y, en otro fallo, consideró parcial al juez Sergio Moro, quien después se convirtió en ministro de Bolsonaro. Eso permitió que Lula recuperara sus derechos políticos. Pero la politización de la justicia no convirtió en imaginaria la corrupción que el caso Lava Jato descubrió, ni borró el profundo desgaste que produjo. La corrupción sepultó a Lula.

Ese hartazgo fue combustible para Bolsonaro. En 2018 se presentó como el hombre que acabaría con la vieja política y terminó llevando la confrontación mucho más lejos. Atacó instituciones, cuestionó sin pruebas el sistema electoral y, después de perder contra Lula en 2022, participó en una trama para impedir la transferencia democrática del poder. Por ello fue condenado a más de 27 años de prisión y hoy cumple su sentencia bajo arresto domiciliario por razones de salud.

La fotografía brasileña resulta extrañamente simétrica: hace ocho años Lula estaba encarcelado mientras Bolsonaro llegaba al poder; hoy Lula gobierna mientras Bolsonaro está preso y su hijo disputa la presidencia prometiendo reivindicar su legado. La política brasileña parece avanzar, pero continuamente regresa sobre sus propios pasos. Eso es precisamente lo peligroso de la polarización extrema. No significa simplemente que existan izquierda y derecha ni que ambas sean equivalentes. Bolsonaro cruzó límites democráticos que Lula no ha cruzado. Pero el lulismo también contribuyó a construir una política plebiscitaria, personalista y dividida por un discurso del pueblo contra sus adversarios, vistos demasiadas veces como enemigos. Cuando cada elección se presenta como la última batalla entre el bien y el mal, negociar se vuelve traición y perder resulta intolerable.

La ciencia política ha mostrado que las democracias funcionan mejor cuando los adversarios se reconocen como rivales legítimos y aceptan que algún día les tocará perder. Brasil ha hecho exactamente lo contrario durante casi una década: cada extremo ha encontrado en los excesos del otro la justificación para radicalizarse. El centro político, mientras tanto, se ha ido vaciando. Millones de electores vuelven a escoger no necesariamente a quien prefieren, sino a quien consideran capaz de detener al adversario. El 25 de octubre los brasileños escogerán presidente. Pero también decidirán si vuelven a empujar el péndulo con todas sus fuerzas sabiendo que, sin romper el ciclo, después podría venir de regreso con la misma furia.

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