A propósito de las recientes apariciones públicas de los exmandatarios Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador, además de analizar las diferencias entre ambas presentaciones en sí, es importante también hacerlo poniendo en comparativo la cultura política respecto a los expresidentes en México, frente a la de sus pares en otros países de América Latina.
Como señaló Daniel Cosío Villegas en El estilo personal de gobernar, también hay un perfil político una vez que se deja la posición de poder más importante en el país. Algunos opinan, con suma contundencia, que lo más prudente es que los expresidentes mantengan un perfil bajo; otros sostienen que hay razones para que mantengan actividades públicas, pues la experiencia acumulada durante su mandato puede ser de gran utilidad para sus sucesores, para los partidos políticos que los postularon o, bien, para defender algunas causas políticas frente a la opinión pública.
En México, en la época postrevolucionaria, luego de que Lázaro Cárdenas se deshiciera de la tutela de Plutarco Elías Calles, todos los siguientes expresidentes, emanados de las filas del PNR-PRM-PRI, cumplieron con un código muy estricto de bajo perfil, fuera del servicio público e, inclusive, en el exilio, para no hacer sombra al presidente en turno. Notorias excepciones, las de Gustavo Díaz Ordaz como embajador en España y Miguel de la Madrid como director del Fondo de Cultura Económica.

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Esas prácticas y códigos se rompieron con la alternancia. No había motivo para que los expresidentes panistas los siguieran, y no lo han hecho. Tanto Vicente Fox como Felipe Calderón han mantenido, en general, una importante actividad pública como expresidentes. Se les ha visto particularmente activos a últimas fechas, ante las acciones de erosión democrática y regresión autoritaria impulsadas por el actual régimen. Incluso, Ernesto Zedillo desempeñó un papel muy activo en contra de la reforma judicial. Carlos Salinas aparece de vez en cuando, sobre todo para defender su imagen. Enrique Peña, en cambio, decidió seguir la tradición previa de bajo perfil y exilio. Y López Obrador está en una especie de insilio autoimpuesto, que ha roto en contadas apariciones públicas desde que dejó la Presidencia, como la campaña en apoyo a la dictadura cubana o la promoción de la reforma que destruyó al Poder Judicial.
Hay una notoria diferencia a este respecto con los expresidentes de otros países latinoamericanos, donde no hay mutismo ni mucho menos exilio. Muchos han sido senadores después de haber concluido la presidencia: Álvaro Uribe (Colombia), Julio María Sanguinetti y José Mujica (Uruguay), Fernando Lugo y Horacio Cartes (Paraguay), Carlos Menem (Argentina), Fernando Collor de Melo (Brasil), Eduardo Frei Ruiz-Tagle y —por malas razones— hasta Augusto Pinochet (Chile). Y el caso que más destaca: en Argentina, Cristina Fernández, después de dejar la presidencia, que ocupó por dos periodos consecutivos, fue electa senadora y vicepresidenta de la nación.
No podía haber sido más contrastante —y, sin duda, no meramente anecdótico— lo de Calderón y López Obrador los últimos días. El primero se presentó en el Foro América Libre, un evento regional, espacio de reflexión y debate en defensa de la democracia, donde denunció la captura del Estado mexicano por el actual grupo en el poder. En contraste, AMLO, desde la zona de confort de su casa, divulgó un video para presentar un libro —libelo propagandístico— y, además, criticó a periodistas y atacó a Estados Unidos por el tema de la visa de su hijo Andy. Flaco favor el de marcarle la cancha a su sucesora y abrirle un flanco más de rispidez en una época en que la relación bilateral con Estados Unidos atraviesa importantes desencuentros.

Guadalajara. represión y agua

