En su libro Las mil y una caras de Eros (Paidós, 1998), la psicoanalista Joyce McDougall aborda diversos temas relacionados con la sexualidad y propone la hipótesis de que algunas formas de vivirla están cerca de las compulsiones típicas de la adicción. Se usa al sexo como un camino para apaciguar la angustia, la depresión, el sentimiento de vacío, de soledad. Se usa al sexo como se usa el alcohol, el tabaco, la comida, la marihuana y otras drogas.
McDougall ubica como causa una intolerancia afectiva, una dificultad muy marcada para soportar estados afectivos, sobre todo depresivos o angustiosos.
También una sensación de vacío que ha de llenarse a como dé lugar, pues de lo contrario aparecen miedos muy primitivos de fragmentación, caída, derrumbe, desaparición. Liberarse de estos estados afectivos se convierte en una necesidad apremiante.

• “Orgullosos de Beatriz”
Al referir el caso de la madre de un paciente, escribe que “estaba al borde del alcoholismo y quiso explicar las circunstancias en las que recurría al whisky: el problema es que a menudo no sé si estoy triste, de mal humor, si tengo hambre, estoy angustiada o deseo hacer el amor, y entonces empiezo a beber”.
Como si contestar la pregunta por el propio estado emocional fuera tan difícil que es preferible el consumo. Como si no enterarse de lo que le pasa fuera la única forma de lidiar con ella misma.
En francés no es común usar la palabra adicción, pero sí la de toxicomanía, que es el deseo imperioso de envenenarse. Pensar en el consumo como una forma de envenenarse quizá no hace tanto sentido. La etimología de adicción, por otro lado, remite a la condición de esclavo: el adicto se siente encadenado al objeto de la adicción, que incluye a los otros cuando se usan como objetos de necesidades narcisistas o sexuales.
El consumo adictivo trae consigo una promesa de placer y de atenuación temporal de la angustia, de algo que dé sentido a la vida. Algo que disperse los sentimientos de cólera, incertidumbre, aislamiento, culpa, depresión o cualquier otro estado de intensidad insoportable. La sustancia o las personas se convierten en objetos idealizados a los que se les atribuye el poder de resolver mágicamente las angustias y el sentimiento de muerte interna.
McDougall sostiene, siguiendo a Winnicott, que estos pacientes no desarrollaron la capacidad de estar a solas en presencia de la madre. Es el niño que, aunque su madre esté presente, le pregunta una y otra vez si está ahí, que le demanda toda clase de cosas y necesita compulsivamente que lo mire. No son pocas las madres que se quejan al final del día, de un niño que dijo mamá cientos de veces.
Esto puede deberse a rasgos constitutivos del niño y también a un ambiente que suele tener algo de inestable y de caótico. El componente compulsivo de toda forma de adicción es esencial para definirla.
Algunas personas se alimentan de los otros como objetos de necesidad narcisista, especialmente ante experiencias depresivas, para reparar la imagen dañada de sí mismos. A veces las relaciones sexuales sirven para impedir la fragmentación de la imagen narcisista. Las parejas sustituyen a las imágenes parentales. Se da una solución sexual al dolor psíquico.
La propuesta terapéutica sería desarrollar defensas psíquicas no adictivas para enfrentar, contener y elaborar los estados de angustia o depresión y las heridas narcisistas, sobre todo las asociadas a los aspectos angustiantes de la sexualidad y del amor. Suele ocurrir, después de un tiempo en terapia, que los pacientes se sienten menos esclavizados por su adicción y sean más capaces de usar la palabra, la racionalización, la sublimación, la demora de la gratificación, como mecanismos para confrontarse con lo que les duele.
Por VALE VILLA La intolerancia afectiva en las adicciones

En el laberinto

