HABLANDO DE DERECHOS

Entre brujas y gatas

Jacqueline L'Hoist Tapia Foto: larazondemexico

Octubre nos llena de brujas y gatos negros. Nos parecen divertidos e inofensivos. Pero detrás de esa imagen hay palabras que por siglos se han usado como ofensa: “bruja”, “gata”, “loca”, “histérica”. Etiquetas para descalificar a las mujeres que no piden permiso.

Vale la pena recordar que ser llamada bruja no era un juego de Halloween. Fue una condena de muerte.

La caza de brujas en Europa y las colonias americanas alcanzó su punto más álgido entre 1450 y 1750, entre 40 mil y 60 mil personas fueron ejecutadas, y entre 75 por ciento al 80 por ciento fueron mujeres. En 1484, el papa Inocencio VIII emitió la bula Summis desiderantes affectibus, que legitimó la persecución. En 1487 se publicó el manual más letal de la historia: Martillo de las Brujas, de Heinrich Kramer, que enseñaba cómo identificar, interrogar y condenar a una bruja.

Su crimen era no encajar: ser viudas independientes, parteras, curanderas, mujeres que conocían el poder de las plantas para curar, para abortar, para no morir en el parto. La bruja era la mujer que sabía demasiado en un mundo donde el saber era propiedad de la Iglesia y del hombre.

¿Y qué hay de las gatas? En México se usa para burlarse de su apariencia, su sexualidad o su posición social, y sobre todo, para menospreciar a las trabajadoras del hogar.

Les decían “gatas” porque los cuartos de servicio estaban en las azoteas, donde también vivían los gatos. Es un clasismo con rostro de mujer: según el Inegi, más del 90 por ciento de las 2.2 millones de personas trabajadoras del hogar en México son mujeres, y es uno de los trabajos con menor reconocimiento legal y social.

Esas labores que históricamente se nos asignaron —limpiar, cocinar, cuidar— son las que sostienen la vida. ¿Por qué las usamos para hacer sentir inferior a quien las realiza? Quizá por eso en cada cuento de brujas hay un gato.

Y tampoco es casualidad.

En la Edad Media, el gato, especialmente el negro, fue satanizado. En 1233, el papa Gregorio IX emitió la bula Vox in Rama, donde asociaba a los gatos negros con el demonio. Se creía que las brujas podían transformarse en gatos o que éstos eran sus “familiares”, espíritus que las ayudaban en sus hechizos.

Durante las grandes cacerías, matar gatos fue tan común como perseguir mujeres. Paradójicamente, esa matanza descontrolada de gatos contribuyó a la proliferación de ratas y a la expansión de la peste.

El gato es el animal más brujo de todos. Independiente, misterioso, no obedece. Viene cuando quiere, se va cuando quiere. No pide permiso para existir ni se disculpa por no ser tierno todo el tiempo. ¿No es ésa la mujer que el patriarcado nunca ha sabido cómo controlar?

En este Día de Brujas, vale resignificar esa dupla.

La bruja y el gato no son el miedo; son la autonomía, la singularidad, la libertad de no encajar.

No se trata de que todas usemos sombrero puntiagudo ni de convertir a los gatos en manifiesto feminista. Se trata de preguntarnos por qué nos incomoda tanto la mujer que no es obediente, la que no está al servicio. Así que ¡vivan las brujas y que vivan las gatas!.

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