Hoy el concepto de transición es uno de los más impugnados en la esfera pública mexicana. Expresiones como “régimen de la transición” o “periodo neoliberal” se unifican en sus significados desde el nuevo bloque hegemónico derivado de la mayoría política de Morena, la Cuarta Transformación y los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum.
La paradoja histórica, como tantas otras en este confuso arranque del siglo XXI, es que la actual izquierda mexicana en el poder proviene, genealógicamente, del movimiento que, conducido por Cuauhtémoc Cárdenas y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), defendió, desde 1988, el fin del régimen de partido hegemónico del PRI y la transición a la democracia.
Era aquélla una izquierda que procedía de muchas zonas del progresismo mexicano de la Guerra Fría, algunas, de gran autoridad en los movimientos sociales del país y que sostenía una transición muy distinta: al socialismo y no a la democracia. Con Cárdenas, a partir de 1988, quedó claro que la izquierda mexicana subordinaba o fundía la transformación social al cambio de régimen político y el advenimiento de la democracia.

La mención de la cárcel
Con esas banderas, el PRD ganó electoralmente el poder en la Ciudad de México y nunca lo ha perdido desde 1997. Durante treinta años consecutivos la izquierda mexicana ha gobernado la Ciudad de México de acuerdo con las reglas propias de un sistema pluripartidista, economía de mercado y libertades públicas como las consagradas en la Constitución de 2018.
No hay dos constituciones más distintas que la de la Ciudad de México de 2018 y la de Cuba de 2019. Y, sin embargo, muchos líderes e ideólogos de Morena y la 4T, que fueron cardenistas, hoy se autoperciben como parte de un movimiento que aspiraría más a la reproducción de un sistema como el cubano que a la puesta en práctica del propio orden plasmado en la constitución capitalina.
En ese espejismo incide claramente el descrédito de los gobiernos nacionales derivados de la transición democrática a nivel federal: los dos del PAN y el del PRI con Enrique Peña Nieto. Pero se olvida que el gobierno de la Ciudad de México, con el propio Cárdenas y luego con López Obrador, además del PRD y la mayoría de la izquierda, también formaron parte de esa transición.
Ese dato histórico, es decir, la participación directa de la izquierda mexicana en el cambio democrático cuestiona la mecánica identificación entre “periodo neoliberal” y “régimen de la transición” que promueve en años recientes el discurso oficial. Tal vez, esa deliberada distorsión histórica sea uno de los elementos que explican el distanciamiento de Cárdenas de la Cuarta Transformación al final de su vida.
Los testimonios de ese distanciamiento son múltiples y no tiene caso negarlos. Tampoco habría que exagerarlos, al punto de insinuar otra distorsión que coloque el legado de Cárdenas en un lugar hostil a la nueva hegemonía morenista. Lo que Cárdenas parecía buscar, en sus últimos años, era algún tipo de oposición leal, dialogante, parecida a la que él mismo había ejercido, en su juventud, dentro del PRI.
Lo cierto es que, a diferencia de Cárdenas, la clase política que hoy en día gobierna México no se reconoce como una izquierda de la transición democrática. Ése es uno de los tantos puntos que unía a Cárdenas con Lula da Silva, quien lo ha reconocido recientemente. Lula se presenta a sí mismo como parte de la izquierda que “recuperó” —es el verbo que se usa en Brasil y todo el Cono Sur— la democracia y que en el siglo XXI intenta transformar el progresismo democrático latinoamericano.
Cárdenas y Lula no veían contradicción en defender la democracia y oponerse al neoliberalismo. Esa pertenencia histórica al proceso de transición está perdiendo fuerza dentro de las nuevas izquierdas gobernantes, lo cual es inevitable por la renovación generacional, pero inquietante por su discontinuidad ideológica.

Taddei, un tiro de gracia

