LA UTORA

Gestar un texto carnalmente

Julia Santibáñez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Julia Santibáñez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Reconstruir la escritura. Ir un paso atrás de la furia expuesta, del estrépito interno. Otro paso. Ver levantarse la rabia, chirriosa ante el mutismo ajeno. Uno que maltrata. Atestiguar cada estadio de la arquitectura que nació en rencor, ver cómo revientan el pecho las t, rr, ch, k. Desandar lo caminado, el paso anterior y el previo. Por fin asoma en el vientre un nerviosismo. A golpes de intuición avecinarse a su cadencia primigenia, con lo dócil de las s, m, d. Antes hubo un día sereno. El poema respira a la inversa. El viaje a la semilla, ese viaje in-verso, rastrea en cuadernos el destello conceptual y sonoro.

El texto siempre está en proceso. Quien escribe anda y desanda las palabras. Tantea cuál es la mejor manera de exponer esa temperatura precisa. La autora, el autor no saben hacerlo con una paleta de colores ni con movimientos de danza, modulaciones de la voz o efectos de luz. Únicamente tienen el lenguaje. Tan gastado, el pobre. Por eso la poesía apuesta por otra forma de ser, atravesada por él. “Sólo se llega a ser escritor cuando se empieza a tener una relación carnal con las palabras”, dice el gallego José Ángel Valente.

Doy un paso más. En Asia Oriental, durante siglos, la edad de una persona se contó con base en el engendramiento: a los minutos de nacer, un bebé se encontraba ya en su primer año de vida. Valente hizo suya esta idea y la aplicó a la lírica. Señala en el poema en prosa “Cómo se pinta un dragón”: “En el Tao, la gestación es ya el nacimiento del ser humano. En la tradición china, la edad de un niño se contaba no a partir de su nacimiento, sino de su concepción. También el poema nace al comenzar una larga gestación previa a lo que cabría llamar la escritura exterior. (Vive con tus poemas antes de escribirlos, dice en su bella lengua Carlos Drummond de Andrade)”. El verso vibra primero por dentro y, al tiempo, la mano busca formas de aterrizar esa presencia. Creo que aplica de manera similar a la prosa.

Mientras pienso en esto, recuerdo lo ocurrido en torno al Premio de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat. Una máquina, citada por El País, descalificó la novela del peruano David Silva Rojas: una IA dijo que el texto ganador lo había escrito la IA. Diré lo que me consta: el jurado lo conformaron Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda, autoras rigurosas, solventes, de obra robusta. No hablo de oídas, he leído a fondo a las tres. Además, por años Almadía ha tenido una apuesta literaria. A priori les creo a las colegas, a la editorial. Silva Rojas ha dicho que entregará borradores y cuadernos de su novela, mostrará la andadura de escribirla. Ojalá tenga una larga historia carnal con las palabras. Con su novela. Ojalá calle la soberbia de la máquina.


Google Reviews