Hay pocos momentos en la historia de Estados Unidos en los que se haya producido un cambio político tan decisivo como el de esta semana. Por poner algunos ejemplos que ayuden a entender la envergadura de la victoria demócrata: hubo una diferencia de 13 puntos a favor de los demócratas en el voto popular, la mayor desde 1976.
Los demócratas conquistaron escaños en estados profundamente republicanos: Carolina del Sur, Iowa, Kansas (donde no ganaban una elección al Senado desde 1932) y, por supuesto, la joya de la corona: Texas. Es posible que incluso en Mississippi los demócratas consigan un escaño. Se trata no sólo de una victoria apabullante en la Cámara de Representantes y el Senado, con mayorías que podrían facilitar a los demócratas mantener el control de ambas cámaras en las elecciones presidenciales de 2028, sino también de decenas de victorias impensables en todo tipo de cargos: gobernadores en Texas y Georgia, además de Iowa y Ohio, fiscales generales, secretarios de Estado y otros puestos estatales. En varios sentidos, estas victorias tienen aún más valor, pues estos cargos tienen una influencia directa en la vida de los ciudadanos. Más importante aún, estas victorias ponen en juego estados que hasta ahora parecían fuera del alcance demócrata en una elección presidencial, en particular Texas, con sus 40 votos electorales, cambiando por completo el mapa político del país.
La ola demócrata fue una expresión de repudio directo al presidente Donald Trump, a la corrupción de su gobierno, a su política arancelaria, a la persecución y el asesinato de migrantes; un rechazo a la guerra en Irán, al contubernio entre los grandes líderes de la tecnología y el gobierno, a la inflación interminable y al desdén de un presidente que, mientras el ciudadano de a pie lucha día tras día para pagar precios cada vez más altos, decidió gastar cientos de millones en construirse un salón de baile. Si la victoria hubiera sido modesta, Trump habría podido justificarse argumentando que se trataba de un resultado cíclico, pero su derrota es tan profunda que lo ha convertido prácticamente en un presidente sin poder. Trump ya no podrá avanzar su agenda legislativa y tendrá que gobernar principalmente por decreto. Tampoco podrá nombrar libremente a jueces ultraconservadores para la Corte Suprema y tendrá que enfrentarse, durante sus últimos dos años, a una ola de investigaciones demócratas sobre la corrupción de su gobierno.

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Esto en términos prácticos. Sin embargo, en términos políticos se trata de un rechazo generalizado a su visión del mundo. Su propio partido, en un intento por salvarse y posicionarse para 2028, tratará de distanciarse de él y atribuirle toda la culpa. El presidente perderá su poder como líder indiscutible de los republicanos, un poder que logró conservar incluso después de perder contra Biden en 2020.
La victoria, además, no es solo una condena a Donald Trump, sino que indica que, después de la profunda crisis de hace dos años, el Partido Demócrata ha sabido reconstruirse y reformarse para volver a tomar el mando. En lugar de concentrarse en asuntos culturales, sus candidatos se enfocaron en temas relacionados con el costo de vida (affordability), como la salud y la economía, eligiendo candidatos diversos que lograron conectar con sus públicos locales: un pastor en Texas, la primera gobernadora negra en Georgia, la primera gobernadora latina de Texas, políticos moderados en el sur y políticos progresistas y populistas en lugares como Michigan. Todo esto lo lograron a pesar de que el gran capital, liderado por Elon Musk, invirtió cantidades de dinero nunca antes vistas en la campaña para tratar de detenerlos. Fue, en verdad, una victoria del pueblo.

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