ANTINOMIAS

Llegó la hora de la responsabilidad de Trump

Antonio Fernández. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Antonio Fernández. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: La Razón

La derrota del pasado martes 3 de noviembre del Partido Republicano, por más que Trump quiera desligarse de esa derrota, él es el gran derrotado, lo que deja una lección de que la ciudadanía no firma cheques en blanco a favor del autoritarismo, la opacidad, el interés personal y la caída de la economía familiar.

Aunque la dirigencia conservadora busque deslindarse alegando la guerra en Irán, fluctuaciones económicas, el veredicto remite a un único responsable directo: Donald Trump. Su figura, convertida en el eje gravitacional de la plataforma conservadora, ha arrastrado a la formación hacia un costoso colapso político fruto del hartazgo social.

Trump transformó el mandato popular en un vehículo de autocongratulación y beneficio propio, siendo lo más cercano al emperador romano Calígula. La derrota en las urnas expone la acumulación de escándalos que erosionaron sistemáticamente la credibilidad del partido.

Los actos de corrupción institucional actuaron subrepticiamente, erosionando la ética pública. La desviación de la agenda para priorizar la protección legal de su figura, la purga de supervisores independientes y el presunto intercambio de favores políticos con actores privados o extranjeros, como el haber aceptado la donación del avión por parte de la familia real de Catar, le generó un conflicto de intereses, que terminó por desmantelar el discurso de la regeneración democrática.

Trump supeditó las normas constitucionales, las instituciones normativas y el Estado de derecho a sus prioridades personales. El sometimiento de los legisladores republicanos a la voluntad presidencial dinamitó el equilibrio de poderes y alienó al electorado moderado e independiente, cuya confianza en las instituciones quedó pulverizada al observar el uso del aparato estatal para fines personales o aprovechamiento económico.

El enriquecimiento a la sombra del cargo rompió toda barrera ética. El desvío implícito de recursos, el uso sistemático de la función pública para enriquecerse y favorecer a los suyos, como es el caso de la creación de las criptomonedas ligadas a la familia de Trump, convirtieron la política en una filial comercial de su patrimonio empresarial. La ciudadanía, castigada por presiones económicas reales, interpretó esta descarada corrupción como una afrenta directa.

El cuadro de degradación se completa con el nepotismo. La colocación de familiares en puestos estratégicos del gobierno sin la cualificación requerida, así como el uso de las estructuras partidistas como feudos familiares, lo más parecido a un gobierno latinoamericano, proyectó la imagen de una administración aristocrática y ajena al escrutinio democrático.

La derrota republicana no es un accidente de ruta ni un tropiezo coyuntural; es el resultado directo de la entrega incondicional del partido al culto a la personalidad de Trump. El partido sacrificó sus principios fundacionales a cambio de un populismo corrosivo que convirtió el servicio público en un negocio de familia y la ley en una herramienta condicional.

Hoy, los costos de ese pacto están cobrados. Trump no sólo deja a su partido profundamente dividido y sin la confianza de la mayoría; deja un modelo de gobierno salpicado por la sombra de la corrupción que los votantes decidieron castigar en las urnas. Con la derrota llegará la hora de responder por todos los abusos, negocios turbios y perversión del orden democrático; con ello también veremos si el Partido Demócrata está a la altura.

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