Martes 26.01.2021 - 02:42

Tren Maya sobre cenotes (o bajo cenotes)

Covid19: Por su curva los conoceréis
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En 2023 debe estar rodando el tren, por orden del Presidente. Por lo menos la fase 1 que va de Palenque a Cancún. El director de Fonatur toma nota y promete que lo logrará. “¡Pero se requieren años para cartografiar el suelo frágil de la península, el sistema de cuevas subterráneas!”, advierten científicos como el doctor Emiliano Monroy Ríos, uno de los contados especialistas mexicanos en hidrogeología yucateca, en particular de los cenotes.

Vale la pena leer sus advertencias en su página institucional de la Universidad de Northwestern y en Twitter (@mantarayo). Porque con un poco de mala suerte, mezclada con negligencia del Gobierno, el suelo kárstico de la región podría colapsar y formar lo que los turistas del futuro llamarían “el gran cenote del tren”.

Claro que no hay mal que por bien no venga. El sitio del accidente podría convertirse en un atractivo a visitar en submarino (actualmente existe un submarino turístico en Cozumel). Los morbosos turistas verían desde sus ventanillas circulares, los vagones hundidos y las pertenencias de los desafortunados pasajeros. Una especie de Titanic del Caribe, pero menos hondo.

¿Alarmismo malintencionado? Entonces queremos ver la respuesta al investigador con argumentos técnicos, ventilados en un diálogo responsable, sin la sombra de AMLO apurando la obra y haciendo bullying a sus críticos en las conferencias mañaneras.

En vez de eso, el proyecto avanza sin respetar la suspensión provisional ordenada por una juez federal de Campeche, y sin la evaluación de impacto ambiental que ordena la ley ambiental. Y es que se ve a la ciencia y al derecho como parte del “elefante reumático que se niega a caminar” (metáfora de AMLO, que teme que le hagan lo que él le hizo a Peña Nieto con el aeropuerto de Texcoco).

Por esos antecedentes se están asumiendo demasiado riesgos. La falta de consultas indígenas, como corresponde será un vicio de fondo que arrastrará el megaproyecto. No terminar los estudios científicos y de impacto ambiental pone en peligro las inversiones y la seguridad. En cambio, sí sería posible construirlo responsablemente, al ritmo y con los ajustes que se requieran. Y evitar así que el miedo al elefante lleve a infligir una cicatriz dolorosa e imborrable en el territorio, la sociedad y la economía.

Otra opción, que parecen preferir muchos partidarios del tren, es tomar las cosas con filosofía (nihilista). Como ha dicho Eleazar Dzib Ek, comisario municipal de Zoh-Laguna, Calakmul: “cada vez que el hombre da un paso genera una afectación a su entorno, modifica su medioambiente. De eso no se tiene la menor duda. El Tren Maya es un proyecto que por su magnitud conllevará un gran cambio en el ecosistema y la estructura social y económica de nuestro estado; pero su efecto negativo no puede ser mayor al que por comisión u omisión han propiciado los gobiernos que antecedieron al de Andrés Manuel López Obrador”. Y el fiasco tampoco sería mayor al que causó el histórico meteorito que cayó en Yucatán y acabó con los dinosaurios.