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Bibiana Belsasso

Decisiones incomprensibles: escuelas y desastres

BAJO SOSPECHA

Bibiana Belsasso
Bibiana Belsasso 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Bibiana Belsasso

En diez días se deberá regresar a clases presenciales y, sin embargo, más allá de la voluntad política y de la indudable necesidad social y económica, nada más está claro. En estos días “lloverá y relampageará” (y mucho) por la tormenta Grace, y eso puede impedir el regreso a clases presenciales en buena parte del país. Pero los datos del Covid y de la variante Delta no lo harán: la decisión de regresar ya está tomada, el problema es que no se acompaña esa decisión política de una organización coherente con la misma.

Ya lo hemos analizado en este espacio: no hay una reparación adecuada de aulas y escuelas, muchas han sido saqueadas y apenas se están tomando medidas para recuperarlas (cuando hubo 17 meses para estar trabajando en eso). El protocolo sanitario que dio a conocer la SEP no deja de ser una suma de buenas intenciones y en el camino se han ido cayendo muchas de sus principales medidas: se pide en esos diez puntos que los alumnos se laven las manos, que usen cubrebocas, que las clases se den en espacios abiertos, que haya sana distancia. El problema es que en muchas escuelas (y en muchas casas) no hay agua para lavarse las manos, e incluso muchas no tienen baños (o han sido robados durante el confinamiento). Resulta que los cubrebocas tendrían que ser proporcionados por las escuelas, porque desgraciadamente en muchas casas no se usan (y las autoridades dan mal ejemplo diario al respecto). Es difícil conservar sana distancia en las escuelas cuando se juntan decenas de niños en cada aula, o que se aprovechen los espacios abiertos, cuando tampoco muchas escuelas cuentan con ellos, salvo las que terminan estando al aire libre: de una u otra forma, los espacios abiertos, en temporada de lluvias y huracanes, pueden ser complicados para muchos.

En el protocolo hay dos medidas muy extrañas que ya han sido olvidadas: una de ellas pedía, o proponía (no se entendió bien) que se pasaran filtros de salud mental y se tomaran cursos “socioemocionales” (¿?). La otra, es la famosa “carta-compromiso”, en la que los padres tenían que deslindar a las autoridades de cualquier responsabilidad por el regreso a clases si algún niño se enfermaba. A nadie le gustó ese abandono de las responsabilidades públicas, ni siquiera al Presidente López Obrador, que sostuvo que él nunca había sido enterado de ello y terminó descalificando a las autoridades educativas. No habrá, con o sin protocolo, carta-compromiso: nunca se entendió por qué y para qué se la quiso imponer.

La mayoría de las familias no quieren que los niños regresen a clases. En principio es un error: sí debemos regresar a clases presenciales de la misma forma que se debe reabrir por completo la economía. El problema es que las decisiones erráticas que se están tomando en lugar de alentar el optimismo, lo torpedean. No se ponen de acuerdo la Secretaría de Salud y los gobernadores, incluyendo la Jefa de Gobierno. Se dice que está cayendo la ola de contagios, cuando el número diario aumenta, lo mismo que los decesos; se asegura que no se necesita vacunar a los niños (lo que en principio es verdad), pero no se explica por qué; se vacunó a los maestros con vacunas chinas CanSino y no se difunde con claridad qué grado de protección tiene contra la variante Delta, o si se contempla en el futuro algún refuerzo. Y finalmente, el Presidente de la República descalifica el protocolo aprobado por la SEP y Salud. El optimismo y la voluntad política deben ser reafirmados con organización, coordinación y claridad.

Carecen de condiciones

Un trabajador limpia las instalaciones de una escuela de educación básica en Guadalupe, Nuevo León, el pasado 17 de agosto, ante el inminente regreso a clases.Foto: Cuartoscuro

Vamos a otra historia. Grace estará entrando esta madrugada a México por las costas de Yucatán y Quintana Roo. Será el primer huracán que azote nuestro país en esta temporada, y si las previsiones son ciertas, no será ni el único ni el último. Las consecuencias del cambio climático son cada día más evidentes. No ayudamos mucho en ese sentido quemando carbón y combustóleo, pero ése es otro tema. La pregunta es: ¿cómo se atenderá la emergencia cuando ya no tenemos el Fondo para Desastres Naturales (Fonden), creado específicamente para este tipo de eventos catastróficos?

Se asegura que ahora cada dependencia, con sus propios recursos, deberá atender esa circunstancia. Pero el hecho es que el Fonden se creó porque se había comprobado que sin un espacio coordinador y con recursos disponibles de inmediato, siempre la burocracia le ganaba a la emergencia, suponiendo que las dependencias sí cumplieran con su responsabilidad.

El Plan DN-III y el Plan Marina, con o sin Fonden, siempre estarán disponibles y siempre cumplen; la CFE, cuestionada o no por otros temas, suele ser altamente eficiente en la atención de estas crisis, pero poco más. Sin ayuda presupuestal y sin una coordinación clara, muchas dependencias federales, muchos estados y municipios pueden ser prescindentes, voluntariamente o no, olvidadizos o pueden trabajar cada uno por su lado.

Ojalá se supere la prueba, porque si no, el costo político de haber desaparecido el Fonden será muy alto. Casi tanto como haber desaparecido estancias infantiles y el Seguro Popular. Por cierto, para documentar su optimismo, como diría Monsiváis, el Insabi ya anunció que el año próximo otra vez la UNOPS, el organismo contratado para comprar medicamentos, se encargará de esta tarea. Para este año sólo pudo concretar el 30 por ciento de las compras necesarias.